
lalneplanta (uno de los 125 municipios del Estado de México), 49 años atrás, vistiendo un abrigo tejido en color rojo, caminaba por la calle rumbo al supermercado junto a mi mami; desde ya, esta historia ha sido contada por ella. Me solté de su mano y corrí hacia las rejas de una casa que albergaba perros ladrando; en ese entonces, con mucha facilidad y en ignorancia total —como ella lo dice— me dijo: “Ven, ahí adentro está el diablo”, obviamente lo dijo con la noble intención de alejarme del peligro —en ese momento yo no llegaba a los tres años—; no obstante, no contó con la reacción que tuve al aferrarme más al lugar y encapricharme con verlo... “quiero verlo”, repetía. Es probable que no tenía sentido de riesgo (y al parecer mi instinto, aunque dicen que los humanos no lo tenemos, pero por lo menos apelar a un reflejo que me haga huir de ese lugar inseguro).
Era un lugar inseguro, corría riesgo y podía haber terminado herida, pero ahí estaba insistiendo en quedarme y desafiando al peligro. Algunos dirán por niña intrépida, atrevida o valiente. Yo diría que inconscientemente me sentía protegida estando con ella al lado, pero sobre todo lo atribuyo a que no tenía noción de lo que podía suceder.
Cuarenta y nueve años después siento que muchos seguimos viviendo así... sin tener noción de lo que puede suceder, quedándonos donde estamos. En términos psicológicos existe una zona mental donde no se tiene sentido de riesgo, hoy la conocemos como la zona de confort.
El trabajo que realizamos no nos gusta y nos quedamos; no estamos conformes con el salario y no aspiramos a más, la salud no está dentro del rango esperable y seguimos comiendo mal, las relaciones interpersonales cada vez más deterioradas y no hacemos nada para mejorarlas. Ni el trabajo que tenemos, el salario que recibimos, la salud que poseemos o las relaciones interpersonales dañadas nos hacen sentir cómodos, pero por extraño que parezca no salimos de esa incomodidad llegando a formar parte de nuestra vida. Nos sentimos “protegidos” en la pasividad.
Otros sienten que no están en la zona de confort porque se encuentran todo el día en movimiento, confundiéndose en conceptos, pues el estar en esa franja no significa quietud, pueden estar caminando todo el día evidentemente, pero en círculos. Salir de la zona de confort implica avance, crecimiento, desarrollo, ser diferente y hacerse mejor; sólo que todo esto incomoda.
Por alguna razón extraña sienten menor riesgo quedándose donde están y escapando de la inseguridad que les representa asumir un desafío, sin comprender que en todo y con mayor motivo en la zona de confort existe riesgo...”, hay riesgos y costos para un plan de acción, pero son menores que la cómoda inacción” (Kennedy).
Todo lo que nos hace sentir incómodos y que nos impulsa a explorar otros espacios son buenas señales y debemos darles la bienvenida con los brazos abiertos, es saludable que estemos en situaciones incómodas porque ahí es donde crecemos y nunca es tarde para hacerlo, claro está que mientras estemos vivos o crecemos o nos reducimos.
Me gusta usar la analogía del agua para que entendamos mejor como llevamos nuestra vida y es que ella es como un río que tiene su cauce, esto es bueno al principio porque nos orienta, pero es malo cuando nos acostumbramos a que nos lleve moviéndonos sólo por inercia.
La zona de confort es un lugar “hermoso”, pero nada bueno crece ahí... es un sitio inseguro, se corre riesgo y podemos terminar más heridos que por la mordedura de un perro.
