
l miedo es un detonante que predispone la mente para generar pensamientos que anclan a las personas, reconocemos que todos lo estamos sintiendo. Un virus —algo invisible— logró poner al mundo en pausa, nos ancló. Logró lo que miles de lágrimas no consiguieron durante años como tener al papá en casa; que constatemos que podemos mantenernos con menos de lo que pensamos y que no vivimos del petróleo sino de los sembradíos (tal vez nunca se valoró tanto un tomate o un diente de ajo). El estar quietos nos está ayudando. Son tiempos malos, pero creo que son tiempos que nos están haciendo mejores, pues nos obligan a ser solidarios.
Si logramos darnos cuenta de que las cosas traen únicamente satisfacción pero no felicidad, entonces hemos ganado. Si hemos reconocido que sin Dios o lejos de Él nada somos y nada podemos, esta batalla está superada. Muchos por primera vez doblaron rodillas, miraron el cielo y creen lo que está escrito en la Biblia, donde no sólo hay advertencias, profecías o promesas; sino y sobre todo contiene la voluntad del Creador para con su creación y para con sus criaturas.
La base del cristianismo es un hecho histórico: la muerte y resurrección de un personaje impactante que abrió sus brazos en una cruz y cuyo sacrificio ofrece perdón de pecados, siendo uno de los mayores la desobediencia. Sí, señores, la desobediencia es un pecado que nos aparta de Dios, que empieza con un desliz pequeño y que poco a poco crece sin control, se excusa culpando a otros y siempre afecta a alguien más.
El pecado no sólo es hacer algo malo, sino dejar de hacer lo bueno también; por tanto, todos calificamos. Hipócrates dijo que “las enfermedades no nos llegan de la nada. Se desarrollan a partir de pequeños pecados diarios contra la naturaleza. Cuando se hayan acumulado suficientes pecados, las enfermedades aparecerán de repente”.
Ante esta situación, entonces, lo que nos toca ahora es ser obedientes. La obediencia es una virtud. No pretendo adoptar una visión simplista del tema, pero créanme que la solución a nuestro alcance es simple: ser obedientes (“quédate en casa”, por dar un ejemplo). Me permito enfatizar esto porque este contexto nos ha puesto sensibles a todos y es posible que hoy exista un lector que por primera reflexione al respecto; por un lado, analizar la obediencia como un valor y, por otro, el valor de obedecer creyendo que Dios no miente al decirnos que serán muchas las bendiciones que nos alcanzarán si obedecemos y tampoco bromea cuando advierte que existen consecuencias de la desobediencia.
Conforme pasan los años, los recuerdos desagradables se van desvaneciendo en el subconsciente y tendemos a recordar situaciones que nos producen placer únicamente; sin embargo, hay momentos del pasado que debemos recordar intencionalmente para no cometer los mismos errores. Alguien dijo que “la vida es como una bicicleta de diez velocidades y la mayoría de nosotros tenemos cambios que nunca utilizamos” (C. S.), creo que hoy nos tocó usar uno de ellos. Ante tanta información desempoderante, angustiante, triste e incierta, desempolvamos la fe, miramos la cruz, creemos en lo que está escrito, suplicamos perdón de pecados y confiamos en que la resurrección trae consigo esperanza.
Quién diría que el miedo nos iba a llevar a algo así, a encontrarnos nuevamente con nosotros mismos, a confrontarnos con nuestra insignificancia y a acercarnos al único que nos brinda seguridad a través de la cruz.
Jean Carla Saba es conferencista, escritora, coach ejecutiva y de vida.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
