
mpezamos un nuevo año y con él afrontamos nuevos desafíos, sueños, historias que queremos reescribirlas y otras tantas borrarlas. La vida está en constante movimiento, cada año que pasa lo hace más rápido que el anterior, todo se mueve, todo cambia, todo transmuta. Nada está estático, nada se queda como estaba; entonces, todo se expande o sencillamente retrocede, pero nada se queda igual. Si no vamos hacia adelante, vamos hacia atrás, tan simple como eso.
Si a una construcción no le das mantenimiento se empieza a desintegrar, algo así sucede con nuestro conocimiento o con nuestras relaciones; o avanzamos intencionalmente hacia nuestro crecimiento o retrocedemos a nuestra zona de confort (esto lo dijo Maslow y le doy la razón). Todo está en expansión o en retroceso y si no nos expandimos podemos terminar más atrás de donde hemos empezado.
Hábiles somos para ver las situaciones negativas como obstáculos y difícilmente cambiamos la perspectiva para verlas como desafíos. Toda situación que vivimos siempre tiene un lado positivo, intuitivamente sabemos que las respuestas y soluciones están dentro de nosotros, pero nos empeñamos en buscarlas afuera de nosotros, cada uno sabe cómo salir de donde está, pero nos resulta más cómodo quedarnos donde estamos buscando a los culpables y adoptando la posición de víctimas, cuyo rol es mucho más fácil desempeñar.
Cada adversidad tiene un beneficio oculto, así como cada fracaso o error tiene una semilla de enseñanza.
Newton nos dijo que podemos contar las semillas que tiene una manzana, pero jamás podremos saber cuántas manzanas tiene una semilla. De la misma manera, jamás podremos saber cuánto beneficio existen en las adversidades y en todas las situaciones que evitamos vivirlas. Desistimos de extraer la enseñanza y pensamos en declinar, ejecutando ese pensamiento con mucha facilidad.
No importa la edad que tengamos, puedo asegurar que siempre es demasiado temprano para renunciar; toda semilla tiene el enorme potencial de convertirse en árbol y nosotros somos responsables de plantarla adecuadamente, abonarla y regarla. Es decir, interpretar cada situación de manera diferente, no ofuscarnos con el dolor, con el pesimismo, con lo que dicen o creen los demás.
En las adversidades hay beneficios y uno de ellos es que siempre conllevan una lección, sólo que desde hace algunos años hemos dejado que programen nuestro cerebro para el entretenimiento más que para el aprendizaje, crecimiento, educación o como queramos llamarlo.
Vivimos distraídos en banalidades, creemos que ya sabemos mucho, buscamos cómo distraernos y cuando se presenta una dificultad que nos obliga a parar, nos desconcertamos en lugar de aprovechar la pausa, portarnos inteligentes y dejar que la lección nos alcance, pues siempre hay un beneficio oculto detrás de algo que nos toca vivir, como decía Heráclito: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”, el río fluye y uno ya no es el mismo.
O nos convertimos en mejores personas, o valoramos la vida, la familia y las relaciones; o entendemos mejor algunas canciones, o sonreímos más y renegamos menos o simplemente las adversidades nos humanizan, nos recuerdan lo insignificantes que somos y nos obligan a mirar el cielo y reconocer que de ahí viene el socorro. Las adversidades nos hacen doblar rodillas, buscar la misericordia de Dios, abrirnos los ojos, mostrarnos que ni las hojas de los árboles se mueven sino es con su poder y ahí el mayor beneficio es la conversión de un corazón de piedra en uno de carne sensible, humilde y enseñable.
Jean Carla Saba es conferencista, escritora, coach ejecutiva y de vida.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
