Imagen del autor
P

or naturaleza humana no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Ingenuamente creemos que todo se conservará como lo hemos mantenido hasta el momento. Poseemos una enorme capacidad de ser heridos en nuestro cuerpo, en nuestras emociones o en nuestro espíritu y no nos damos cuenta de ello hasta que la vulnerabilidad nos desestabiliza y nos exige hacer un alto para resignificar algunas experiencias.

Las vivencias que incluyen alegría, logros o festejos nos brindan una sensación de seguridad y de que todo está bien y así se mantendrán; pero hay otras que nos impregnan de tristeza, nos denotan pérdida y nos desaniman, ahí sentimos que las cosas no están como nos gusta que estén y nos confrontamos con nuestra propia debilidad. En esos momentos es cuando empezamos a otorgar otro significado a lo que estamos viviendo… resignificamos las experiencias.

Resignificar las experiencias nos da valentía para comenzar un proceso de transformación, poco a poco nos vamos reconstruyendo y vamos superando las adversidades, pero lo que es más importante es que vamos conectando esas vivencias a otras emociones y reconocimientos. Empezamos a ver lo que está sucediendo desde otra perspectiva; una que nos resulta menos angustiante y agotadora pero también mucho más gratificante porque nos abre los ojos para ver lo mucho que poseemos.

Cuando vivimos un desgaste en la salud y sentimos que el ánimo se convierte en un artículo de lujo, cuando las piernas duelen y no te resisten, cuando tienes la intención de pararte de la cama pero las fuerzas no te acompañan, nos afligimos y sufrimos; pero, si tenemos a quien nos ama al lado para pasarte el vaso de agua, abrigarte o acariciarte esa experiencia debilitante pasa a ser una experiencia gratificante porque, por un lado, la palabra “gracias” no se desprende de la boca y, por otro, se valora como nunca antes los gestos de amor, de desprendimiento y de apoyo incondicional.

El dolor empieza a tomar otro significado porque nos está permitiendo vivir algo diferente, nos está enseñando algo, pues cada una de las experiencias que vivimos la asociamos a una emoción y el significado que le demos estará asociado a ella. Increíblemente viviendo ese dolor podemos pasar de tristeza a alegría: tristeza porque estamos enfermos y alegría porque contamos con una familia que nos contiene y nos ama. Valoramos lo que tenemos y compadecemos a quienes no lo tienen (aquí aparece otra emoción… compasión). Resignificar las experiencias hace que salgamos de la queja constante y le otorguemos otro sentido a lo que nos tocó vivir.

V. Frankl decía que “cuando ya no podemos cambiar la situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros”. Esta atinada reflexión nos lleva a pensar que no podemos ejercer control de todo lo que pasa fuera de nosotros, pero sí podemos hacerlo con lo que pasa dentro de nosotros y cuando llegamos a este nivel nos estamos transformando.

En definitiva las cosas no cambian cuando tienen que pasar, pero lo que sí cambia es la forma de mirarlas. Entonces, resignificar significa cambiar el marco de percepción, si cambiamos ese marco, cambia el sentido…o sea la dirección y se continua el recorrido por otro camino.

Escribo esto por lo que me tocó vivir los últimos 30 días en el tema de mi salud, mucho dolor y desánimo, pero también mucho amor, servicio y entrega de familia y amigos. Parece que no se puede ver uno sin el otro y fue justamente ahí donde resignifiqué mi experiencia.

Jean Carla Saba es conferencista, escritora, coach ejecutiva y de vida.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.