
n un abrir y cerrar de ojos llegó diciembre y se fue el año, se lleva lo vivido y nos deja los beneficios de las decisiones acertadas que tomamos y por supuesto también, las consecuencias de los desaciertos.
Desaciertos que tal vez podrían ser menores en cantidad y en profundidad si no esperaríamos que llegara diciembre para pensar en ellos y volverlos a mirar a tiempo; antes de que ese mirar sea con dolor, con pena, con pensamientos de lo que pudo haber sido y no lo fue, con desesperanza, con frustración, con incertidumbre, con desasosiego, con bronca, con impotencia, con depresión o con lo que cada uno de nosotros sabe que llevamos dentro.
Llevamos dentro falta de perdón en altas cantidades, ausencia de amor en proporciones considerables, no me importismo en sobredosis, indiferencia convenenciera, hambre de seguir alimentando el ego.
Ego que no nos deja pararnos frente al espejo desnudos para ver todo aquello que nos incomoda; ego que nos susurra al oído casi todos los días que todo lo hemos hecho bien y que si hay algo que salió mal no es nuestra responsabilidad.
Responsabilidad entendida como un valor que está en la conciencia; es decir, se sabe lo que se tiene que hacer pero no siempre se hace. Una persona se caracteriza por su responsabilidad porque tiene la virtud (cualidad moral) no sólo de tomar decisiones de manera consciente; si no, de asumir las consecuencias de esas decisiones y de responder de las mismas ante quien corresponda en cada momento. En otras palabras: hace una rendición de cuentas.
Portarse responsable con uno mismo, es autocriticarse, es asumir conciencia de esa rendición que tengo que hacer a otros y hacerme. No es hablar con entusiasmo de un futuro que tal vez no llegue o con ilusión de cambios que prometí ejercerlos en el pasado y se quedaron ahí.
La rendición de cuentas habla de una evaluación objetiva del uso eficaz de los recursos que teníamos a disposición; pero por favor, no nos limitemos a pensar únicamente en las cosas materiales como recursos disponibles, hacer eso sería portarnos muy miserables con la vida.
Rendir cuentas es mucho más que cumplir con tu responsabilidad; incluye de manera casi obligatoria buscar hacer las cosas cada día mejor, implica compromiso y agregar valor a las personas que nos rodean.
Agregamos valor en cada encuentro, en cada sonrisa, en cada mirada, en cada compromiso respetado, en cada palabra vertida o en cada plato compartido; agregamos valor cuando está incrustado en nosotros el perdón, el amor, la fe, la paz y la esperanza no como slogan usados poéticamente a fin de año; si no, como estilo de vida sustentados en convicciones firmes de que ese mensaje vino a traer el nacimiento de Jesús pero no para ser recordado un mes al año; si no, cada mes, día, hora y minuto de nuestra vida.
La rendición de cuentas es dar una mirada retrospectiva al pasado; ¿qué hice con los recursos que tenía?... tenía capacidad de amar y decidí odiar; pude perdonar y decidí vengarme; pude abrazar y decidí rechazar; pude dar un mensaje de esperanza, pero decidí imbuirme en el hastío de la incertidumbre; pude compartir y decidí guardar.
Propongo que sea navidad todo el tiempo, que siempre miremos al futuro con esperanza, que deseemos amar antes que odiar, que busquemos el perdonar en la acción, que reine la paz dentro y alrededor nuestro y que pongamos todo de nuestra parte para que la rendición de cuentas cada año nos avergüence menos.
Jean Carla Saba es conferencista, escritora, coach ejecutiva y de vida.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
