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o fue un error. No fue un exceso. No fue una operación policial contra el narcoterrorismo. La captura de Nicolás Maduro, por parte del gobierno de Estados Unidos, es un acto de poder en estado puro. Un mensaje sin eufemismos dirigido a América Latina, China y sus aliados y a todo gobierno que haya confundido retórica soberanista con autonomía real.

Estados Unidos no actuó porque pudo. Actuó porque quiso. Y cuando quiso, nadie pudo impedirlo. Este hecho no inaugura una crisis venezolana, esa ya lleva años, inaugura algo más profundo: el retorno explícito de la geopolítica dura en Sudamérica. Sin mediaciones. Sin OEA. Sin ONU. Sin discursos sobre autodeterminación. Sin retóricas jurídicas ni de Derechos Humanos. La época del “declive estadounidense” acaba de recibir un golpe de realidad.

Durante años, América Latina se contó a sí misma una historia cómoda: que el orden internacional había cambiado, que Washington ya no intervenía, que la multipolaridad nos protegía. La captura de Maduro pulveriza esa narrativa. La soberanía, cuando se carece de poder real, es un concepto negociable. Y Venezuela fue el ejemplo más brutal. Estados Unidos decidió que el régimen chavista dejó de ser tolerable y actuó. El resto del mundo reaccionó… después. Condenas tibias. Silencios calculados. Apoyos vergonzantes. Nadie movió una ficha concreta. Eso también es un dato político.

La región volvió a dividirse como siempre: izquierdas indignadas, derechas celebrando, centros callando. Se silenció el ruido ideológico y emergió la realidad de una irrelevancia estratégica. Más allá de los discursos, el hecho es otro: Sudamérica no incidió en absolutamente nada. No previno, no disuadió, no negoció, no condicionó.

Brasil protestó. México invocó principios. Argentina aplaudió. Bolivia observó y el presidente Paz ocultó el rostro tras su moderada cancillería. Estados Unidos ejecutó. Esta asimetría es la verdadera noticia. Porque cuando una región no tiene posición común ni capacidad de presión, otros deciden por ella.

Para los gobiernos socialistas, de la región latinoamericana y de más allá, la captura de Maduro es una pesadilla política. No porque lo defiendan, ya quedaron pocos en el último tiempo, sino porque rompe una ilusión clave: que el alineamiento ideológico y la retórica antiimperialista bastaban como escudo. Ya no.

Hoy, los gobiernos de izquierda enfrentan un dilema incómodo: o moderan su discurso y se alinean pragmáticamente con Occidente o profundizan su dependencia de China y Rusia, aceptando mayor aislamiento. Ambas opciones implican pérdida de autonomía. La triste realidad de la dependencia. El socialismo regional entra así en una fase defensiva, menos épica y más temerosa. Menos revolución y más cálculo.

Quien crea que esta operación se explica solo por narcotráfico, no entiende nada. Venezuela es petróleo. Venezuela es oro. Venezuela es minerales estratégicos. En un mundo que compite por energía, transición tecnológica y control de cadenas de suministro, Venezuela es un botín geoeconómico de primer orden y esta es la razón principal de la intervención militar.

La caída de Maduro abre la puerta a: reordenar el mercado petrolero, debilitar la presencia china en sectores estratégicos y reinsertar capital occidental en un territorio bloqueado por años. Esto no es ideología. Es poder. Y los países exportadores de recursos en Sudamérica deberían tomar nota. Porque hoy fue Venezuela. Mañana puede ser otro. Lo de Venezuela es un mensaje ejemplarizador.

Quizá el destinatario principal de esta operación no estaba en Caracas, sino en Beijing. Durante dos décadas, China avanzó silenciosamente en América Latina: financiamiento, infraestructura, energía, minería. Venezuela era uno de sus bastiones. Estados Unidos decidió cerrar ese espacio por la fuerza, no por competencia económica.

El mensaje es inequívoco: la influencia china no garantiza protección cuando se cruzan líneas estratégicas. Esto obliga a Beijing a recalcular su presencia regional y acelera la disputa hegemónica en el hemisferio occidental, tal como lo describe Graham T. Allison en su tesis sobre la “Trampa de Tucidides”, en la que alerta sobre la probabilidad de guerra cuando una potencia emergente desafía a una potencia establecida. En ese marco, América Latina vuelve a ser tablero, no jugador.

Bolivia haría mal en mirar este episodio como algo ajeno. País con recursos estratégicos, discurso soberanista y vínculos crecientes con China, Bolivia encaja en todas las variables sensibles del nuevo orden mundial. La lección es dura pero clara: la soberanía sin poder, sin alianzas diversificadas y sin estrategia exterior, es vulnerable. La política internacional ya no premia la ambigüedad. La castiga.

La captura de Maduro no inaugura un mundo nuevo. Recuerda uno antiguo que muchos creyeron superado. Un mundo donde: el poder importa más que el derecho, los recursos pesan más que los discursos y la geopolítica se impone a la retórica. En suma, el renacimiento del realismo internacional en su máxima expresión.

Estados Unidos volvió a mostrar cómo se ejerce la hegemonía cuando se la considera amenazada. La pregunta no es si estamos de acuerdo. La pregunta es si América Latina está preparada. Porque el mensaje ya fue enviado. Y esta vez, fue imposible ignorarlo.

Jorge Kafka es politólogo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.