
os recientes acontecimientos en Francia, donde multitudes de jóvenes —principalmente estudiantes de los suburbios— ocasionaron la destrucción y quema de bienes públicos, así como el asalto a comercios particulares, motivaron que el primer ministro francés, Sébastien Lecornu, calificara a esos grupos como "vándalos". Curiosamente, el presidente de Bolivia, Rodrigo Paz, tildó también de vándalos a los protagonistas de las protestas y bloqueos que, del 1 de mayo al 23 de junio de 2026, paralizaron al país y tuvieron en jaque a su gobierno.
La identidad de los epítetos que ambos dignatarios de Estado utilizaron entonces no solo se debe al carácter agresivo y violento de los manifestantes, sino también a una extraña coincidencia de fondo.
En Francia, los manifestantes estaban integrados por una cantidad importante de personas de ascendencia árabe, especialmente del Magreb, y por migrantes negros procedentes de las excolonias francesas en ese continente. Las banderas que ondeaban los revoltosos eran la palestina y las consignas relativas a la identidad musulmana no fueron escasas.
En Bolivia, los movilizados eran indígenas. Las protestas empezaron cuando nativos del Oriente llegaron a La Paz en rechazo a la Ley 1720, que permitía el uso de tierras como garantía para préstamos financieros. Esta norma fue rápidamente derogada, pero sirvió de detonante para otras protestas estimuladas por la Central Obrera Boliviana, los conocidos como Interculturales y la Confederación de Campesinos Tupak Katari; organizaciones que agrupan a obreros, campesinos y migrantes internos que, como es de conocimiento público, son principalmente indígenas quechuas y aimaras.
En Francia y en Bolivia se da, pues, un choque político que en el fondo es un enfrentamiento con antecedentes coloniales y un trasfondo civilizatorio. Francia fue una de las principales potencias coloniales europeas que saqueó materialmente y degradó humanamente a países de África, Oriente Medio y el Sudeste Asiático. El colonizado no era considerado un verdadero ser humano. Por ejemplo, en la Exposición Colonial Internacional de París de 1931 se recrearon aldeas y las llenaron con personas de sus colonias, sometidas a condiciones deplorables y humillantes para mostrar a los europeos el éxito de la "misión civilizadora" de la metrópoli.
Ahora, los descendientes de esos colonizados desarticulan la estructura que ocasionó la degradación y la hecatombe de sus progenitores. Ciertamente, la Francia actual no es la de los siglos XIX y XX; sin embargo, sufre sus consecuencias. La arrogancia europea ha sido sustituida por un buenismo multiculturalista que muestra, como balance, fiascos y desengaños.
En Bolivia la situación es extrañamente parecida… porque responde a patrones similares. La independencia de 1825 no implicó una emancipación plena; para los indígenas supuso solo la sustitución de un colonizador metropolitano por uno interno. El racismo europeo fue asumido por las élites locales. Gabriel René Moreno es, por excelencia, el mayor ejemplo del dominio de esa ideología.
En su obra Nicomedes Antelo (1885) afirma literalmente que el cerebro del indígena y del mestizo es de inferior peso que el del hombre blanco y, por ello, incapaz de concebir la libertad republicana. La Bolivia actual, siguiendo también en esto el patrón europeo, asumió el multiculturalismo durante el gobierno de Sánchez de Lozada, un modelo espectacularmente desarrollado durante el de Evo Morales, con los resultados catastróficos (y algunos risueños, como el "pachamamismo") que todos conocemos.
El caso de Francia quizás sea el exponente de una natural declinación civilizatoria: la consecuencia de un proceso que no supo ser debidamente encauzado en sus inicios. Ya el historiador y filósofo británico Arnold J. Toynbee señalaba que las civilizaciones «mueren por suicidio, no por asesinato». No periclitan por invasiones o ataques externos, sino por una decadencia moral, espiritual e interna. En este sentido los vándalos, uno de los pueblos germánicos de Europa central que durante el siglo V jugó un papel importante en la caída del Imperio romano de Occidente, fueron más un catalizador que el artífice de esa hecatombe.
En el caso de Bolivia, debemos interiorizar que no somos Occidente, sino su pálido y deformado reflejo, por desgracia de las élites que hasta ahora mandan en este país. Está frustrada, por el momento, la creación de una nueva identidad nacional y el desarrollo de todas nuestras potencialidades, que es lo que realmente debe entenderse como descolonización. En este escenario, nuestros «vándalos» no son una desgracia, sino una oportunidad. No olvidemos que, una vez destruido el Imperio romano de Occidente, los Estados que le sucedieron y que actualmente conocemos como Europa fueron creación de esos mismos "vándalos" y de las energías locales que hasta ese momento estaban aletargadas.
Pedro Portugal Mollinedo es historiador y analista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
