Imagen del autor
S

ucede en la práctica política, especialmente en Bolivia, que se suele destruir, por ambición y poca visión de futuro, aquello que ha sido la fuente del poder asumido. Es lo que, en un anterior artículo mío, caracterizaba como "matar a la gallina de los huevos de oro".

Esa actitud, en nuestro medio, es favorecida por el esquema de colonialismo interno que aún padecemos. Cuando un estamento de la sociedad se cree superior y medra de un sistema construido sobre esa pretensión, establece un orden basado en la expoliación material de los estamentos subordinados, mediante la cual asegura la permanencia de sus privilegios. Ese sistema se afianza mediante una construcción ideológica según la cual el subordinado merece tal estatuto por ser distinto e inferior.

A nivel político, el resultado de esta situación es catastrófico, pues perjudica la construcción de una nación unificada y de un Estado funcional. En este panorama anómalo, cada estamento estanca el dinamismo y la expansión social al consolidar esquemas anejos y perjudiciales para el interés común.

El que un estamento se considere destinado a ejercer responsabilidades políticas y compele a los otros a asumir el complejo de estar destinados únicamente a servir solo puede concluir en sistemas endebles y conflictivos.

En este panorama, y mientras no se solucione esa anomalía mediante lo que debe ser una verdadera descolonización, se repetirá el esquema según el cual un estamento utiliza y se aprovecha del otro para empoderarse, luego monopoliza el poder y, finalmente, se vuelca contra el momentáneamente coligado para intentar destruirlo. Es la fatalidad del esquema colonial.

En los territorios de la actual Bolivia, cuando existía el Tawantinsuyu, eso fue lo que sucedió cuando Pizarro sometió a la sociedad inca con el apoyo de los mismos indígenas. Esa trama no se modificó, como debía haber ocurrido, con el paso de los años.

Al quebrar la palabra dada al aliado e intentar luego destruirlo, el colonizador impidió la creación de nuevas realidades políticas, perpetuando la estructura colonial. En nuestros días, habiendo sido superado el colonialismo de la metrópoli, sufrimos un colonialismo interno de castas y estamentos que tiene idénticos reflejos y comportamientos que antaño.

Lo cruento de este panorama es que, actuando de esa manera, el estamento dominante garantiza únicamente de manera coyuntural y precaria su dominio. Sin alargarnos en ejemplos históricos, constatemos solamente lo que sucede en la actualidad. Señalábamos en un anterior artículo cómo el actual presidente, Rodrigo Paz Pereira, mató a su "gallina de los huevos de oro" al romper con su vicepresidente, Edmand Lara. Hay también otros casos contemporáneos: quien podía haber sido el complemento y la proyección popular e indígena de UN, el actual senador Milton Condori, es ahora anatema en esa organización política.

Ahora bien, matar a la "gallina de los huevos de oro" no es un yerro exclusivo del bando colonial empoderado; es también, ahora, una práctica del bando político popular e indígena emergente… ciertamente, con carices tragicómicos. El hijo del presidente norteamericano, Donald Trump Jr., declaró recientemente que la reducción y posterior desmantelamiento de Usaid fue la razón por la que la izquierda no haya "ganado ni una sola elección presidencial en América Latina".

En realidad, el primero en expulsar a Usaid fue Evo Morales, en 2013. Evo también, en cierto modo, mató a su gallina de los huevos de oro. Evo Morales fue producto del multiculturalismo occidental y del apoyo de gobiernos de ese cariz, entre ellos el norteamericano de aquella época. Gobiernos, ONG y agencias internacionales de cooperación no escatimaron esfuerzos ni dinero en estructurar una nueva versión de "lo indio", para desestructurar el fortalecimiento de movimientos descolonizadores que podían significar un riesgo, como el del Mallku Felipe Quispe en Bolivia.

Ahora que periclita el chavismo en Venezuela, que el progresismo de izquierda toca suelo en América Latina y que el mundo occidental sale del espejismo multiculturalista en Europa y Estados Unidos, ¿dónde encontrará este expresidente un apoyo tan voluntarioso y económicamente solvente como el que gozó durante los primeros años de este siglo XXI?

Pedro Portugal Mollinedo es historiador y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.