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sombra a muchos que en algún artículo haya conceptualizado a Edman Lara y Nilton Condori (habría que añadir también a Edgar Morales) como “gallinas de los huevos de oro”. Tal situación se aclara si determinamos qué implica ese denominador y si nos ponemos de acuerdo en las características fundamentales del contexto histórico y político de nuestra formación social Indicar que alguien es la “gallina de los huevos de oro” no señala que esa persona posea virtudes o capacidades que lo vuelven capaz de poner “huevos de oro”, en el sentido de que sea necesariamente portador o generador de riquezas materiales o de virtudes morales. En tal sentido, esas “gallinas de los huevos de oro” serían en sí personas o cosas íntegras, inteligentes o poderosas, calidad que varios niega como atributos de los arriba nombrados.

Esta conocida frase idiomática —matar la gallina de los huevos de oro— se usa para señalar la “acción imprudente, ambiciosa o cortoplacista en la que alguien destruye la fuente de sus ingresos, su riqueza o su éxito continuo por querer obtener un beneficio rápido o desmedido de una sola vez”. Para nuestra finalidad en el ámbito social y político, la utilizamos para indicar cómo nuestros políticos abaten lo que es la fuente del poder asumido, emblemáticamente personificados en este caso en las figuras de Edman Lara, Edgar Morales y Nilton Condori.

La opinión que sostengo es que, desde nuestros remotos orígenes coloniales en Bolivia, el poder social, económico y político ha estado en manos de una fracción de la población: la criolla, situación inalterada hasta nuestros días. Esta tesis no es novedosa. Es conocida la posición de Fausto Reinaga, quien afirmaba que en las “dos Bolivias”, una de ellas —la india— estaba subordinada a la blanca y chola, que detentaba el poder económico y político como dominante. Otro indianista, el Mallku Felipe Quispe, acentuaba esta dicotomía al señalar que el poder q'ara se mantenía intacto pese a los cambios de gobierno al reproducirse en el medio citadino; de ahí su insistencia en el cerco de las ciudades (bloqueo de caminos) como estrategia para cambiar el sistema político. En los años 80, el katarismo aportó a este análisis con el concepto de “colonialismo interno”, que ya había sido desarrollado en México por el sociólogo Pablo González Casanova.

Este tipo de análisis no se circunscribe a la sola reflexión en la vertiente indianista y katarista. René Zavaleta Mercado, a través de su concepto de “sociedad aluvial”, remarcaba que en Bolivia Estado y sociedad no encajaban a causa de la fractura colonial no resuelta. Sergio Almaraz Paz resaltaba la estructura de carácter colonial en Bolivia, poniendo énfasis en el antagonismo entre roscas oligárquicas y mayorías indígenas, obreras y campesinas.

Llama la atención la persistencia de este esquema en la relación entre criollos e indígenas en Bolivia, que ha deformado la mentalidad y el comportamiento de sus componentes. El q'ara se siente dueño del país y espera que el indígena actúe como vasallo. Pero, al ser el criollo minoría poblacional depende del obrero, campesino, comerciante minorista o artesano para establecer y mantener su dominio. En esta relación, adquiere y practica un comportamiento patronal y espera que el subordinado se comporte siempre como siervo.

Al depender en los hechos del indígena, el criollo desarrolla hacia él una conducta torcida, comportamiento particularmente constatable en el plano político. Lo curioso es que el indígena le sigue el juego. Para ganar las elecciones, el criollo necesita del indígena; para atacar a sus contrarios —criollos como él—, utiliza al obrero y al campesino. Ese esquema, históricamente inmutable, empieza a deteriorarse conforme el mundo indígena rompe, por su propio esfuerzo, la exclusión a la que fue sometido: indio ya no es sinónimo de solamente pobre, inculto o marginal. Los qamiris se rehacen, las universidades y centros de enseñanza están llenos de hijos de indios, los emprendedores nativos pululan… Se dan creaciones indígenas, incluso de ciudades enteras, como El Alto.

Esos nuevos indios no pueden encajar en los esquemas añejos, que parecen ser tercamente mantenidos por la clase política boliviana. A esto se suma que el mestizaje, lo cholo, parece inclinarse ahora hacia su progenitor indígena, cuando antes lo hacía de preferencia hacia el criollo. Cuando todo cambia, aquello que no lo hace es inexorablemente pisado por la historia.

Si lo indio y lo cholo fue siempre escalera del político criollo, es correcto y justo que reclamen protagonismo no solo instrumental. Sin embargo, la clase política parece anclada en el pasado. Siempre ha utilizado al indio... a través de dirigentes intermediarios, quienes jugaron el rol de gallina de los huevos de oro. Ahora, cuando las circunstancias y los tiempos son otros, no sigue el ritmo de cambio, sino que igualmente buscan deshacerse de quienes los empoderaron, perjudicando también de esa manera la responsabilidad de crear una sociedad integrada y una nueva identidad nacional.

Sin embargo, los intermediarios utilizados en ese proceso ya no soportan sufridamente esa iniquidad ni se desviven para terminar martirizadas, como en épocas pasadas, sino que se activan para hacer pagar caro, a sus pretendidos patrones, la deslealtad y felonía de que fueron objeto.

Pedro Portugal Mollinedo es historiador y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.