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veces podemos desesperanzarnos de Bolivia. Es, sin embargo, vital estar orgullosos del lugar donde nacimos y de la sociedad de la que somos parte, así como es sano apreciar a la familia a la que pertenecemos, sin que ello implique desconocer los yerros y limitaciones de ambas.

Esta consideración se refuerza cuando constatamos que Bolivia, como nación aún en formación y Estado todavía en diseño, posee singularidades que la hacen atrayente y que podrían auspiciarle un futuro promisorio, si tan solo lograra resolver sus disfuncionalidades y atavismos fundacionales.

La singularidad boliviana se expresa en prácticas y estructuras sociales que no encajan en los modelos generales, como el antecedente de los armazones comunitarios de nuestras sociedades indígenas y los rescoldos de lo que fueron las lumbreras de Charcas. Son manifestaciones colectivas que frecuentemente impugnan las previsiones de las ciencias sociales. Es precisamente esa peculiaridad social —que generalmente solo apreciamos en formas culturales folklorizadas y no en la dinámica de la acción política y social— la que genera una cualidad diferente a la de otros países y conforma reacciones sociales distintas.

Motivan estas reflexiones lo que sucede actualmente con el caso de Fernando Cerimedo. Este personaje, que en su país de origen —Argentina— era un chantapufi más, alcanzó su realización en países extranjeros como asesor político tras diversas vicisitudes en las que mezcló la injerencia política con trabajos mezquinos y estafas de poca monta. Llegó a su estrellato en ese ámbito en Bolivia como eminencia gris y casi apoderado del presidente de este país, Rodrigo Paz Pereira, logrando ese nivel de realización personal por una de las peculiaridades de Bolivia: el apocamiento de sus élites dirigentes ante el apantallamiento que esgrime cualquier extranjero cuyo principal mérito es no ser boliviano y representar el imaginario cultural, social y hasta el fenotipo que, para esta élite, es sinónimo de excelencia y supremacía.

Por lo que hasta ahora sabemos, Fernando Cerimedo ofició con éxito en varios países su trabajo de consultor político. Sin embargo, en ninguno de estos realizó su sueño de “hacer ganar a un candidato” y también de “acompañarlo para que bien gobierne”. Parecería que solo en Bolivia encontró el país de mansitos y de gobernantes obsecuentes donde explayar su potencialidad de Maquiavelo y Rasputín en una sola persona.

Después de mangonear a ministros, funcionarios y policías bolivianos, de figurar en fotos oficiales junto a los mandamases del gobierno y de — tal vez— haber decretado más de una metida de pata gubernamental, se hicieron públicos sus chanchullos y manipulaciones a raíz de las denuncias de Nadia Beller, como consecuencia de los acontecimientos por todos conocidos.

La Policía Boliviana ha sido presta y eficiente en allanar mansiones, arrestar cómplices y desmantelar instalaciones del imperio Cerimedo. Se produjo la caída de un todopoderoso en un lugar y en un escenario en el que lo consentían como intocable y donde él se sentía patrón. Solo en Bolivia puede suceder esto… Y solo en Bolivia sucede esto… porque ya pasó antes lo mismo. Tomemos el ejemplo de otros ilustres argentinos. En 1811 fue expulsado de la Audiencia de Charcas Juan José Castelli. Argentina, enardecida con la retórica de la Universidad San Francisco Xavier, se tomó en serio la proclama de 1809 y al año siguiente declaró su independencia. Con el entusiasmo comprensible de quienes asumen una ideología y se arrogan misiones históricas trascendentales, organizaron un primer Ejército Expedicionario, al mando político de Castelli, para liberar lo que entonces se conocía como Alto Perú.

La cruzada de Castelli se desarrolló mal a pesar de un éxito inicial en la batalla de Suipacha. Firmó un armisticio con José Manuel de Goyeneche que fue roto por este último, lo que ocasionó la derrota patriota en la batalla de Huaqui. Disminuido, Castelli convocó el 25 de mayo de 1811 en Tiwanaku a un Congreso Indígena donde, en una imponente ceremonia en esas ruinas (algo parecido a lo que haría después, siguiendo también intereses políticos, Álvaro García Linera con su matrimonio según falaces ritos indígenas), declaró el surgimiento del II Tawantinsuyu. En Buenos Aires discutían seriamente si su forma de gobierno podría ser la monarquía, buscando para ello a un descendiente de los incas. Impresionados por la reciente revolución armada de Túpac Amaru y Túpac Katari, los argentinos pensaron que el poder del Alto Perú debía ser para los indios, un convencimiento que solo devela su desconocimiento de los ciclos de rebelión indígena en esta parte de América. Los indios asistieron al Congreso y nada más. Castelli se estrelló contra los criollos en Potosí y Charcas, ordenó el fusilamiento de autoridades realistas en esas ciudades, saqueó los tesoros de la Casa de la Moneda y, ya en terreno hostil y con la desconfianza del criollo por un lado y la apatía indígena por el otro, el ejército de Castelli se batió en vergonzosa retirada.

Años más tarde, otro argentino, Ernesto "Che" Guevara, emprendería otra misión en estas —para su expectativa política— prometedoras tierras. También para él el indígena era una figura importante, pero de quien desconocía absolutamente todo: en Cuba sus guerrilleros seguían cursos de lengua quechua para después desenvolverse en lugares de habla guaraní, donde no pudo reclutar a ningún campesino indígena local. El mito de invencibilidad que lo rodeaba terminó cuando el ejército boliviano lo capturó primero y luego lo ultimó el 9 de octubre de 1967 en la localidad de La Higuera, en el municipio de Pucará, dentro del departamento de Santa Cruz.

Tres misioneros políticos: el liberal Castelli, el socialista Guevara y el libertario de derecha Cerimedo. Tres épocas distintas, pero con semejantes situaciones. Todos fracasaron porque los recursos íntimos de este país les eran desconocidos, porque se dejaron guiar por relatos y no por evidencias, y porque la idiosincrasia boliviana les pastoreó el ego para luego caerles como fatal guillotina.

Si esta singularidad boliviana se desembarazara de lo chocante y acometiera, por fin, la tarea de construir una nación real y funcionalizar un Estado real, seguramente cumpliría la vocación que la impulsó a erigirse como entidad política independiente.

Pedro Portugal Mollinedo es historiador y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.