Imagen del autor
E

l retorno de Evo Morales al poder, si se efectiviza, será uno de los mejores ejemplos de la denominada “profecía autocumplida”.

Este concepto psicológico y social describe el fenómeno por el cual una expectativa o aprensión adquiere forma real por el simple hecho de ser creída o temida. La sociedad boliviana blanca-criolla recela de Evo Morales como una manifestación atávica del miedo que siente hacia el indio. Sin embargo, no debería sentir ningún desasosiego hacia este personaje, y ello por varias razones.

Nuestro país se ha estructurado en un sistema de castas antes que de clases sociales. Estar arriba o abajo en la pirámide social depende más del abolengo que del mérito o de la propia solvencia económica. Este esquema se originó en la Colonia española; la República no hizo más que adaptarlo y consolidarlo. Dicha pauta deformó las relaciones sociales entre los diferentes estamentos de nuestra sociedad: el indio debe ser siempre sumiso, pues solo así es “confiable”; el q’ara debe, permanentemente, demostrar su poder y supremacía, ya que solo así su hegemonía es soportada. Este patrón ha distorsionado la relación personal y social.

Si un indio es altivo, franco e independiente, es considerado hostil y un enemigo en potencia. Si, por el contrario, es obsequioso, mimético y versátil, es visto como amigo y aliado en los hechos. En lo social y político, esas diferencias han sido exhibidas por los indios que de una u otra manera influyeron en nuestra historia común. En 1781, Julián Apaza representaba uno de esos arquetipos y Mateo Pumacahua, el otro. A veces, un mismo personaje indígena pasó de encarnar uno de esos modelos en el imaginario criollo a representar el opuesto: en la primera fase fue aliado y, en la segunda, enemigo. Esto es lo que sucedió con el Willka Zárate durante la llamada Guerra Federal en Bolivia.

Esa conducta social ha generado máscaras de comportamiento que permiten a la parte subordinada sobrevivir y acumular fuerzas. En lo político, ha gestado una índole de personajes que medran gracias a ello. Esos individuos conocen la mecánica de los pueblos indígenas de los que proceden y han interiorizado los artilugios de la sociedad criolla. Juegan con ambos elementos para sobrevivir en su crecimiento personal y adquirir cierto poder en los ámbitos en los que ofician de puente.

Hace tiempo, en las décadas de los 80 y 90, me llamó la atención la opinión que sectores y personas del mundo criollo, diferentes y antagónicas entre sí, tenían del entonces ejecutivo de la CSUTCB, Genaro Flores. Derechistas e izquierdistas, creyentes cristianos y militantes librepensadores, trotskistas y estalinistas, desarrollistas y revolucionarios, todos creían que Genaro era uno de los suyos. Esa unanimidad se expresaba como un contraste complementario respecto a la opinión que esas mismas personas tenían sobre Constantino Lima —el otro líder que entonces protagonizaba la emergencia indígena—, a quien tildaban de racista, intolerante y antiboliviano. Tiempo después, esos mismos tipos de estimación se reprodujeron respecto a otros dirigentes aymaras: Evo Morales y Felipe Quispe Huanca.

Si sectores criollos, diferentes y antagónicos entre sí, coincidían en idénticas valoraciones sobre estos personajes, es porque debe existir trampa y engaño de por medio, pues lo normal es que nuestras convicciones nos aproximen a unos y alejen de otros. Había, pues, otros valores e intereses en ello. Por ejemplo, Felipe Quispe tenía formación doctrinal marxista y durante toda su vida política trató de concretar objetivos que lo ubicaban a la izquierda del espectro político. Sin embargo, los partidos de izquierda fueron quienes más virulentamente lo atacaron, al mismo tiempo que enarbolaron y llevaron a Evo Morales al poder político.

Evo Morales nunca ostentó ni tuvo ninguna formación ideológica de izquierda. En el mejor momento de sus relaciones con la izquierda mundial, su definición de Fidel Castro era la de ser un “abuelo sabio” y, de acuerdo con los testimonios de antiguos compañeros suyos —como Alejo Véliz y Rufo Calle—, Evo buscó ser candidato a diputado por el MNR en Cochabamba para las elecciones de 1985. Evo Morales se reveló como un verdadero “animal político”, no en el sentido aristotélico del término —del ser humano que solo alcanza su pleno desarrollo, felicidad y moralidad viviendo y sirviendo a su comunidad—, sino como el dirigente que podía ser funcional a cualquier interés político criollo con astucia, persistencia e inclemencia hacia sus enemigos.

La clase política criolla en Bolivia tuvo que inclinarse ante ese tipo de “animal político”. El expresidente Carlos Mesa manifestó su perplejidad cuando, luego de una gira en España, constató cómo las élites del Primer Mundo desplegaban tapices rojos a los pies de Evo. El mismo Rodrigo Paz declaró humilde en una entrevista con CNN: “Si hay un animal político en Bolivia, es Evo Morales”.

Es, pues, ese fantasma el que ahora asusta al poder. Evo da miedo no por una evidencia real, sino como un espantajo que, sin romper el esquema del político indígena limitado y funcional al poder criollo, es astuto, impredecible, avisado y sañudo. El desconocimiento de la dinámica real de los pueblos originarios y de sus estructuras, del surgimiento de nuevos criterios de liderazgo y de la eclosión de múltiples formas de incursión en la vida social y política, alimenta esa creencia.

Así, el mundillo político criollo, y en particular el actual gobierno, crea las condiciones que puede aprovechar Evo Morales para retornar. Estorbar el auténtico empoderamiento indígena y estimular el resurgimiento de engendros que los acontecimientos ya habían soterrado solo tendrá como resultado resucitar muertos; espectros que serán inclementes con esos inconscientes bienhechores, tal como sucedió después de 2020, luego de la desastrosa gestión de Jeanine Áñez.

Pedro Portugal Mollinedo es historiador y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.