
uropa está conmocionada con el affaire del futbolista Kylian Mbappé. El asunto sobrepasa el tema anecdótico y plantea facetas políticas, sociales y hasta de cariz civilizatorio.
Mbappé es un futbolista negro nacido en Francia, hijo de un inmigrante camerunés de origen nigeriano y de una mujer de origen argelino. Su maestría en el dominio del balón lo convirtió en un astro popular en este deporte, en un momento histórico en el que los deportistas “de color” son cada vez más aceptados en los equipos del continente europeo e, incluso, se han vuelto distintivos de las selecciones nacionales.
Es el caso del seleccionado de Francia, en el que entre 15 y 18 de los 26 jugadores habituales son negros o mulatos, al punto que esto se convirtió en símbolo de la multiculturalidad, ensalzada como modelo de integración bajo el lema acuñado en el Mundial de 1998: Black-Blanc-Beur ("Negro-Blanco-Árabe").
Sin embargo, si hacemos un paralelo con los gladiadores en la etapa final del Imperio romano, estos futbolistas multiculturales pueden ser la expresión de una nueva forma de segregación y no de integración. Amiano Marcelino, considerado el principal historiador romano del Bajo Imperio o época de la decadencia, describe cómo el Imperio ya no se sustentaba en sus propios ciudadanos para esa distracción, sino que importaba de los pueblos bárbaros la fuerza bruta para la diversión. Ese tipo de gladiador cargaba, al mismo tiempo, con el bajo estatuto legal y moral de su actividad y con un cierto estrellato que le proporcionaba la fascinación del público hacia el espectáculo y sus protagonistas.
De esta manera, la Roma decadente empezó a depender de los pueblos extranjeros para el suministro de gladiadores, dándose la paradoja de que quienes distraían a los ciudadanos romanos eran parte de los mismos pueblos que, en las fronteras, invadían y destruían las instituciones y el poder militar y civil de Roma.
En nuestros días es perceptible que muchos de estos modernos gladiadores, ante el halago del público y la riqueza monetaria que ello les implica, asuman poses de fatua vanidad. Mbappé fue repetidamente calificado como alguien de personalidad pedante y arrogante. Sin embargo, esa actitud habría de sufrir a raíz de un desplante que el jugador profirió contra el emblema histórico de la actual China, el fallecido presidente Mao Zedong.
Recientemente se viralizó el fragmento de una entrevista en la que Mbappé, respondiendo a la pregunta de cuál es su meme favorito de internet, confiesa risueño que le hacía mucha gracia el montaje de su rostro superpuesto al de un hombre que él mismo identificó literalmente como un "dictador chino". El meme utilizaba la icónica imagen de Mao Zedong, el fundador de la República Popular China.
Ese comentario, debido al estatus casi sagrado de Mao en China, originó una respuesta contundente por parte del gobierno de ese país y de medios y empresas vinculados a este. Entre otras consecuencias, se rompieron importantes patrocinios. Las multinacionales chinas Dongpeng —bebidas—, Mengniu —lácteos— y Milkground —quesos— cancelaron de inmediato sus millonarios contratos publicitarios con el jugador. La televisión estatal china suspendió la emisión de los partidos de fútbol en España, país en el que juega actualmente Mbappé. Plataformas digitales eliminaron los encuentros y los videos de los goles del delantero, y su nombre llegó a ser sustituido por la frase "no existe tal persona".
Kylian Mbappé tuvo que, humildemente, disculparse y, junto a directivos de su actual equipo, el Real Madrid, y el presidente de la Liga española, Javier Tebas, publicó un comunicado en francés, inglés y mandarín implorando disculpas oficiales y públicas al pueblo chino, argumentando que las palabras del jugador nacieron del "desconocimiento histórico".
Lo sucedido a Mbappé trae a la memoria el caso de Salman Rushdie, escritor y ensayista británico-estadounidense de origen indio que en febrero de 1989 fue objeto de una fatua —un edicto religioso— emitido por el ayatolá Ruhollah Jomeini, quien calificó su novela Los versos satánicos (1988) como una obra blasfema contra el islam. Esa fatua desató ataques contra sus editores y traductores y, en el año 2022, motivó que un joven musulmán, Hadi Matar, apuñalara a Rushdie, causándole heridas graves y la pérdida de su ojo derecho. Lo que une a estos dos casos —Mbappé y Rushdie— es que aquello que en Occidente puede ser libertad de expresión, o un simple desfogue de verborrea y nihilismo, en otros países puede significar un agravio y, por ello, una intolerable violencia a sus valores y principios.
Occidente no es pues ahora el dominador mundial que exhibía como vocación en los inicios de su aventura colonial. Actualmente se asemeja más bien a un islote invadido por migrantes de sus ex colonias y superado en tecnología y poder económico por nuevas potencias emergentes, ante las que debe inclinarse respetuosamente.
¿Y qué hay de Bolivia en este panorama? Bolivia es un caso especial, donde coexisten poblaciones con valores y criterios culturales que frecuentemente son vulnerados y contravenidos por la población hegemónica. En esta relación se da una permanente agresión para imponer criterios y usos ajenos, así sea bajo el embozo de defender la “cultura nacional”. Esto sucede en la actualidad, por ejemplo, en el tira y afloja entre élites bolivianas y peruanas que reclaman para sí la propiedad de danzas y ceremonias como las Alasitas o la morenada, cuando en realidad pertenecen a poblaciones que están divididas por fronteras que no respetan su verdadera identidad nacional.
En ese horizonte a pesar de la adscripción por las elites dominantes a las modas culturalistas provenientes de Occidente, siguen vigente el mono cromatismo en esferas políticas y deportivas. El Mallku Felipe Quispe, junto a su actividad sindical y política, fue el animador de un equipo de fútbol, el Pachakuti, bajo el convencimiento de que el aymara-quechua debía brillar en todos los sectores y ámbitos; un propósito frustrado por la inercia de una realidad boliviana que todavía no encuentra la salida al impase colonial que nos caracteriza. El pachakuti se hace esperar. Los contextos internacionales quizás apresuren su llegada.
Pedro Portugal Mollinedo es historiador y analista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
