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currió hace 70 años. Habían pasado las mieles de la victoria y Víctor Paz Estenssoro entregaba el poder a Hernán Siles Suazo (1956); una forma de decir, porque en realidad le entregó una bomba de tiempo. Recordemos ese capítulo: Siles heredó una delicada situación económica, con una producción estancada, hasta decreciente, en el sector minero y por una inflación galopante. El índice del costo de vida, asentado sobre una base de 100 en 1952 sube hasta 2.270 a fines de 1956, y el alza afecta, sobre todo, a productos alimenticios y a la vestimenta.

Generalmente, la inflación se la atribuye al deterioro de la industria minera: la producción disminuyó y el precio del estaño baja, mientras los gastos sociales crecen. Por tanto, la Comibol debe prestarse más y más del Banco Central, el que, por otra parte, es “la vaca lechera” de todas las instituciones estatales y, cada día que pasa, imprime más dinero.

La diferencia entre el cambio oficial y el del mercado negro es tal que fomenta todo tipo de tráficos y, cada vez más, más personas abandonan trabajos productivos para dedicarse a más rentables, aunque dudosas actividades. Y una cáfila de parásitos se dedica a la caza y pesca de la inflación: traficantes de cupos y funcionarios corruptos.

“A mi me pasa lo mismo”, diría el presidente Rodrigo Paz, porque Luis Arce le entregó “un país que huele mal”. Habría que cambiar algunos detalles de una historia pasada y la presente, por ejemplo, en lugar de minería es el gas que se vende poco y se acabaría en 2030 de no ocurrir un milagro; el gobierno se sigue prestando de la caja chica (Banco Central) y poco falta para que eche mano de la Gestora. No sabemos si para compensar el déficit se imprime más dinero; se mantiene la cáfila de parásitos y funcionarios corruptos, que desde dentro le mueven el piso al Gobierno.

Acá si se aplica la expresión: Quien no conoce su historia está condenado a repetirla.

No todos los males vienen del pasado, algunos males se los ha creado el presidente, por ejemplo, el caso de las 32 maletas que sieguen siendo un misterio y, a cuentagotas, van apareciendo otros detalles; el caso Marset y las cajas fuertes dejan de ser un misterio y un mes después nos enteramos que había otra caja fuerte con un contenido valioso; pero, el caso más doloroso es el de la gasolina basura que como bola de nieve va afectando a miles de vehículos privados y públicos, aunque el gobierno solo se dedique en atender a los sindicatos; el resto que vaya a llorar al río.

Son tantas las versiones sobre las causas de este problema que, probablemente, el presidente haya perdido cuenta de las explicaciones que dio en algún momento y todo parece indicar que el gran problema es que ya no hay dólares para comprar más gasolina y diésel, por tanto, hay que comprar barato y sacar el máximo provecho a este producto.

Los pocos dólares que se tienen vienen de las exportaciones de gas y minerales; esos dólares ingresan directamente al Banco Central; otra fuente son las exportaciones privadas, especialmente de la minería y las empresas cruceñas (soya, carne, azúcar y madera), ese dinero va a la banca privada, que de alguna manera también la controla el gobierno. Las remesas que envían los bolivianos que viven en el exterior a sus familias, representan otra fuente de ingreso; no es desdeñable lo que ingresa por el turismo, rubro que no logra despegar.

Aunque nos parezca vergonzoso, habrá que admitir que el narcotráfico es otra fuente de ingresos para el país, aunque este dinero no va a los bancos sino al colchón bank de los ciudadanos que temen de un futuro incierto.

Un lector desprevenido de historia dirá: en Bolivia nada cambia, porque lo que se escribió hace 70 años vale para el presente. No nos gusta tomar las previsiones, no mejoramos como país; habrá que coincidir con don Antonio Eguino y su gran película Ukamau (así nomás es).

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.