
ugar a ser periodista es una tarea bastante atrayente, más cuando uno ve que su nota recibe decenas de likes (me gusta). Intento explicar por qué cambió tanto esta noble profesión y fracasó en el intento, como el perro que trata de morderse la cola.
Tengo en mis manos la novela “Número Cero” de Umberto Ecco a quien en la carrera universitaria lo leímos al derecho y al revés. En esta obra de dos centenares de páginas, el autor reflexiona sobre la responsabilidad que tienen los medios de comunicación al informar, aunque parece que es más rentable desinformar.
Don Umberto juega a crear un periódico cuya única intención no es informar sino ser una máquina de poder para crear presión, desacreditar a políticos y rivales, crear informes, dosieres, noticias falsas y complots. Probablemente con el único afán de obtener zanahoria (premio), porque diciendo la verdad solo se gana aplausos y palo (castigo).
Número Cero es una crítica mordaz al periodismo sensacionalista y la manipulación de la información que se difunde en Internet, y tiene como destinatarios a desprevenidos lectores que otorgan credibilidad a todo lo que leen, en otras palabras, a la población acrítica, producto de la pobre educación que reciben hace tiempo nuestros jóvenes.
En esta parodia, el reportero de nombre Braggadocio, exclama en plena fiebre investigadora que “los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias” mediante el método de ahogarlas bajo una inundación.
Los “canillitas” que se disputaban hasta hace tres décadas, en la avenida Camacho, los periódicos de esta ciudad han desaparecido. Los domingos por la mañana escucho la voz fantasmal de un superviviente periodiquero ofreciendo dos matutinos; sus compradores son personas de la tercera edad. El resto ya leyó esa noticia en un párrafo de Facebook o TikTok. En esta nueva sociedad ningún joven está dispuesto a pagar un centavo por informarse a través de un papel.
El periodismo paso de ser una obra colectiva a un afán personal. Internet ha cambiado la forma de hacer periodismo, porque ahora la base es la velocidad (la noticia quiero conocerla hoy y no mañana) se suma a ello la accesibilidad a costo cero y la interactividad, porque las nuevas reglas de juego me permiten emitir mi opinión libremente y mejor si lo hago descalificando al que brinda la información. En este nuevo mundo campea la desinformación y la pérdida de confianza en la información recibida.
La facilidad de publicar en línea ha provocado un aumento de titulares sensacionalistas y periodismo de baja calidad. Se afirma algo con la misma facilidad con que se niega minutos más tarde lo publicado. Los encabezados están diseñados para atraer clics más que para informar, abundan los calificativos generosos, especialmente en la prensa deportiva; es más desapareció el concepto de corazón indiviso, porque los que escriben se ponen fácilmente la casaca de un partido u equipo.
Esto debilita la confianza en los medios y difumina la línea entre noticias legítimas y manipulación del contenido. En otro tiempo, cada vez que sucedía algo inesperado o una noticia de última hora, los periódicos sacaban ediciones en papel que se distribuían al día siguiente. Hoy, esa misma noticia se puede consultar directamente en Internet la noche anterior mediante el acceso anticipado que brindan personas, que sin ser comunicadores sociales acceden a la información.
Lo anotado anteriormente lleva a muchos a afirmar que en los últimos años se ha producido una degradación del oficio y se pone en tela de juicio el rigor y el criterio de la actividad periodística. A ello se suma la volatilidad de la atención del lector, nadie se sienta a leer una entrevista larga o una crónica. Estamos ante una fugacidad del consumo de la información (pocas palabras y basta de rodeos). Parece que desaparecen los contenidos reflexivos, veraces y con rigor.
En este 10 de mayo (Día del Periodista), me quedo con la reflexión de un joven alumno al final de la clase, luego de hablarles del significado del palo y la zanahoria. “Entre los aplausos y el dinero, por supuesto que prefiero esto último. Con aplausos no voy a comprar pan para mi desayuno”. Me desarmó, porque algo de razón debe tener; tal vez, por los años que llevo encima, esté empezando a desvariar.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
