
ue las acciones tienen un impacto educativo superior a los discursos, es indudable. Recordamos a nuestros viejos maestros por algún gesto, un hecho particular, una actitud personal que nos impactó y nos identificamos con él. Casi nadie recuerda la información recibida en el aula.
Que un grupo de profesores tome un pesado recipiente de basura y lo estalle desde un puente contra una calle, deja boquiabiertos a los que vieron el hecho directamente o por los medios televisivos. Me encontraba de visita en un país vecino y el hecho, visto por televisión, dejó estupefactos a quienes compartíamos el almuerzo. “Es difícil de explicar”, fue lo único que comenté a mis amigos y preferí eludir el tema.
Desde temprana edad los niños y niñas desarrollan su comprensión del entorno observando el comportamiento de las personas que les rodean, en especial sus padres y profesores. Este es un hecho conocido como aprendizaje vicario. Los niños aprenden comportamientos y habilidades observando al otro. Ojalá ningún niño haya identificado a su profesor cometiendo ese hecho, repudiable desde cualquier punto de vista.
Los profesores del país reclaman un aumento salarial por enésima vez y al parecer las respuestas de las autoridades de educación son poco convincentes, especialmente a la hora de hacer números. Los maestros, a quienes en forma caprichosa diferencio de los profesores, (tengo mis razones) se preocupan por brindar a niños y jóvenes una formación holística, porque no solo se centran en transmitir información y conocimientos, también se aseguran por la formación en valores, se preocupan por el correcto desarrollo emocional del niño y los acompañan en las habilidades sociales; es decir su tarea va más allá del aula.
Este hecho y otros atizaron estos días la hoguera de críticas hacia los profesores del país, a quienes se les acusa de ser causantes de la baja calidad educativa, la falta de actualización tecnológica (puesta al desnudo durante la pandemia) y la politización sindical. En descargo los docentes se refieren a los bajos salarios, al pluriempleo al que se ven obligados para cubrir los gastos familiares, aparte de no contar con aulas con recursos pedagógicos mínimos, especialmente en las provincias, lo que genera desgaste y desaliento.
Lo anotado se hace más ostensible en las escuelas rurales, donde el profesor debe recorrer varios kilómetros en bicicleta o alquilar una modesta vivienda en la comunidad para cumplir con su tarea; lo que no debe ser un descargo a su formación docente y su resistencia a la evaluación de desempeño, razón por lo que exigen el ascenso automático de categoría, pasados los cuatro años de trabajo.
Hasta donde estoy enterado, esos profesores para ser designados en un cargo no tienen que inscribirse en el escalafón; porque les basta presentar el certificado de egreso de la Normal Superior; es más, para suplir las vacancias, porque hay centenas de interinos, éstos solo deben acreditar su experiencia en el aula.
En este estado de cosas es fácil explicar el fracaso escolar de los niños porque el Estado no tiene la musculatura para dotar a las escuelas del material necesario y los maestros no se prodigan mucho para mejorar la desventaja de educar en esas condiciones. El resultado es obvio: los jóvenes al salir bachilleres no entienden lo que leen. Si a ello se suma que los profesores hacen poco para educar en la conducta social, en desterrar la violencia y respetar los bienes ajenos, entonces es obvio que incurramos en actos de vandalismo de cientos y miles de personas, en nombre de la protesta, porque ese ejemplo se aprende muy rápido; es que la educación de la calle se multiplica.
Para colocar la cereza en la torta, los grupos de poder, llámense federación o sindicato son los que tienen la sartén por el mango, para realizar los cambios de docentes; los partidos políticos de turno hacen designaciones a su antojo, se acercan a la organización sindical para evitar problemas; en nombre de los estudiantes, nadie se pronuncia. Hasta ahora no he leído ninguna voz sensata de un maestro que condene la violencia, que eleve el grito al cielo por el contenedor de basura lanzado desde un puente o por algunos desmanes, generalmente atribuidos a un “infiltrado”. Así, es probable que cien horas de buena transmisión de información en aula queden borrados por dos minutos de intolerancia y violencia.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
