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V

eo el rostro del presidente Rodrigo Paz del 8 de noviembre de 2025 y comparo con la del 23 de abril de este año. Ha transcurrido medio año, pero para él parece haber transcurrido más tiempo. De aquella mirada en lontananza soñando con un nuevo país, a la mirada perdida que refleja la expresión del hombre que tiene más preguntas que respuestas; del rostro sereno del día de la posesión, pasó a la expresión de preocupación; ese día presentó al nuevo ministro de hidrocarburos. Evidentemente aparecen más canas en las sienes y no es solo un signo de un envejecimiento capilar fisiológico, sino una huella de los problemas de la vida.

Todos tenemos noches sin dormir porque sostener una familia de dos o tres miembros nos vuelve sumisos en la fuente de trabajo, por el temor a perder el cargo; las deudas por gastos imprevistos, los anuncios de posibles despidos y hasta la enfermedad que viene sin aviso, nos privan del sueño reparador. El presidente de un país tiene que pensar en 12 millones de habitantes, tiene que ocultar los problemas de sus acompañantes, debe responder a los ataques en las redes sociales y cuestionarse por haber elegido mal algunos caminos.

Bolivia de los descontentos permanentes, de los paros, de las amenazas radicales, de los que esperan más bonos o ventajas, de quienes piensan que la vaca lechera estatal tiene las ubres llenas de leche, aunque la realidad muestra que ese órgano está flácido.

Los choferes, una ocupación que se multiplicó, porque sus filas se engrosan con los jóvenes que no han tenido la oportunidad de estudiar más o prefieren obtener dinero de inmediato, decidieron parar un día, frenando el impulso productivo del país; castigan al vecino y se castigan porque son asalariados que viven del día a día.

En aulas universitarias aprendimos que el socialismo es un sistema socioeconómico que propugna la igualdad social, económica y política, apelando a la propiedad colectiva o estatal de los medios de producción y para remarcar: la distribución equitativa de la riqueza. La Central Obrera Boliviana, que flamea las banderas socialistas reclama lo contrario. Exige aumento salarial para el 10% de sus afiliados y se olvida del 90% restante que vive angustiado, esperando que no suban los precios de la canasta familiar. Sus dirigentes, que engullen más de 40 mil bolivianos mensuales, quieren un veinte por ciento de incremento. Éste 0,1% de privilegiados solo piensa en su beneficio personal. No es distinto el reclamo de los maestros, bien remunerados en Bolivia porque en tres mañanas reciben un salario aceptable y apelan al sofisma del salario mínimo en el que se encontrarían, porque presentan cifras de los maestros de quinta categoría que no llegan al 10%, porque con el gradual ascenso de categoría llegan hasta los siete mil bolivianos y en el tiempo libre pueden encontrar otro trabajo.

El que gana unos pesos más es mirado con desconfianza; el que quiere superarse, estudiar y logra montar una pequeña empresa, tiene que pasar por una montaña rusa de trabas y cuando abre fuentes de trabajo para terceras personas, recibe trabas externas (impuestos) e internas (sus propios trabajadores); por supuesto que no es en todos los casos.

Buscamos la igualdad que nunca habrá, porque somos diferentes, tenemos ambiciones distintas, administramos nuestros ingresos de forma distinta. Imaginemos que Juan Pérez reserva una parte de su sueldo para poder comprarse una casa, mientras que su compañero de trabajo, Luis Quispe, gasta la misma cantidad en presteríos y viernes de soltero. Con el tiempo, Juan Pérez será propietario de una casa y, probablemente, la casa aumente con el tiempo y pueda venderla a un precio mayor del que la compró. Luis Quispe, por su lado, no tiene más que recuerdos felices y el hígado deteriorado. ¿Alguien podrá decir que hay una injusta distribución económica?

Recuerdo la película Casino de Martin Scorsese: Robert De Niro interpreta al jefe de un casino relacionado con la mafia, Ace Rothstein. Ace trata de asegurarse de que todos los aspectos de su operación sean perfectos. En una escena, él está comiendo una magdalena de arándanos en una reunión de negocios en el restaurante del casino. Cuando se da cuenta de que hay menos arándanos en su magdalena que en la de su socio, se dirige a la cocina e impone la ley: “A partir de ahora quiero que pongan la misma cantidad de arándanos en cada magdalena”. El chef le mira incrédulo y le pregunta: “¿Sabe cuánto tiempo llevaría eso?” Pasamos días, meses años y siglos buscando la igualdad, mientras pasa el tiempo y envejecemos.

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.