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E

n estos vericuetos de la vida me metí en estos días con la historia. Transitar por esos escabrosos terrenos, me confirma esta apreciación: si bien la historia no se repite mecánicamente como afirmaría Arnold Toynbee, en su monumental obra “Estudio de la Historia”, sigue patrones cíclicos que deben ser superados para salir del estancamiento, en el que parece estamos en nuestra querida patria.

Al colocar los títulos a cada uno de los presidentes me estancaba largamente en colocar un titular a su gestión; he aquí algunos ejemplos: Belzu y el poder popular; De yerno a presidente: Jorge Córdova; José María Linares, de la austeridad al desencanto; Melgarejo, un caudillo iletrado al frente del país; Narciso Campero le pone el epitafio al mar boliviano; Baptista llega a la presidencia por la ventana… y así seguiría el relato. Si tuviera que colocar un título en este momento a la gestión del presidente Rodrigo Paz en este momento escribiría: Rodrigo Paz el mandatario indolente.

La indolencia en lenguaje sencillo es la falta de voluntad, energía, o interés por desidia, pereza o porque no se tienen los mecanismos para realizar acciones. También se la puede definir como la insensibilidad o indiferencia ante situaciones, sentimientos ajenos o el dolor de los otros. Vivimos en la sociedad del “no me interesa o no me importa”.

Casi siempre, los gobernantes apelan a los números y los hechos para justificar su gestión; dirán que equiparon 10 hospitales, que construyeron un centenar de escuelas, que inauguraron tres carreteras, que subieron los sueldos en un 10% y que las reservas del banco central llegan a los diez mil millones de dólares; por tanto, hicieron una gran gestión.

Pero, hay una deuda social o interna que no siempre se puede calificar o cuantificar en números. Hay que caminar los barrios y ver cómo viven los vecinos, escuchar sus necesidades y sus quejas; evaluar el nivel de respuesta del estado ante sus planteos y analizar el humor social ante una gestión de gobierno o de los políticos que conducen la misma. Si el gobernante caminara de incógnito por las calles paceñas se enteraría que el maple de huevos subió de 25 bolivianos a 70, que la carne se elevó de 65 bolivianos el kilogramo a 150, que la ama de casa llevará a la casa cinco zanahorias en lugar de una libra o que eliminará de los alimentos semanales las galletas o helados que alegran a los hijos en una tarde triste. Ya va un mes de esta travesía.

¿Qué es no sentir nada? ¿Cómo puede una persona no sentir nada? esa respuesta que la dejo a los psicólogos y sociólogos, porque tampoco se puede echar todas las culpas a los gobernantes, ya que es posible que estemos forjando una sociedad indolente, que se justifica con un “like”, en las redes sociales cuando alguien nos pide una ayuda.

En los números una gestión de gobierno puede parecer maravillosa, pero si un miembro del gobierno, peregrina junto al hombre común, el mes de austeridad obligatoria al que se somete en este momento a las ciudades de La Paz y El Alto; si alguien recorre las calles de los barrios populares, observa, mira y habla con los vecinos, se puede encontrar con la terrible evidencia que dicha gestión, tan maravillosa en los papeles y en los números, puede resultar que no sea tan así.

Perdón por la comparación, y apelo a la experiencia del psicólogo Joaquín Puebla, un indolente es como una persona que no se conmueve ante el dolor de otros individuos e inclusive de aquellos que forman su propio seno familiar. En este sentido, para una mejor comprensión se puede identificar a los delincuentes con respecto a sus víctimas, por su falta de consideración ante ellas.

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.