
uesta entender cómo el Gobierno no supo manejar un conflicto que, en sus inicios, todavía tenía márgenes de control. Más aún si se toma en cuenta que el actor protagonista era la COB, una instancia en decadencia, totalmente desprestigiada por 20 años de convivencia y complicidad con los gobiernos del MAS y marcada por prácticas de corrupción que le hicieron perder legitimidad social.
Desde el comienzo, su consigna fue clara: abrogar el decreto. Una postura extrema que, en los hechos, cerraba cualquier posibilidad de negociación. Aun así, hubo momentos en el que se pudo salir del conflicto de manera más inteligente y estratégica. Esa oportunidad se dejó pasar. Hoy, con el conflicto ya extendido y con mayor carga emocional y política, cualquier salida se vuelve mucho más compleja.
En lugar de descomprimir la tensión, el Gobierno terminó apoyándose en la paciencia de gente que no pertenece a organizaciones ni a estructuras políticas, personas que solo quieren trabajar y sostener a sus familias. Incluso así, muchos aceptaron el incremento en los carburantes como el mal menor frente a dos decretos que generaron rechazo: uno sospechosamente planteado y otro simplemente innecesario.
Lo preocupante fue el uso del poder para negar un derecho constitucional al Vicepresidente. Más allá de antipatías con Lara, cuando se recurre a este tipo de decisiones se envía un mensaje peligroso: que la política se maneja desde la imposición y no desde la responsabilidad. Eso no calma los conflictos, los profundiza.
Aquí es inevitable preguntarse si hubo soberbia. Probablemente sí, sobre todo cuando se colocó a técnicos a conducir un escenario que era meramente político. Esta confusión ya la hemos vivido antes. El MAS no gobernó tantos años por su precisión técnica, sino por su capacidad de leer el momento, medir fuerzas y administrar los conflictos con “habilidad” política.
El mapa de los bloqueos termina de confirmar esta lectura. Llama la atención que muchos de ellos se concentren en departamentos que respaldaron al propio Gobierno. El malestar no viene de sectores opositores, sino de su propia base electoral. Eso deja una lección clara, el conflicto no creció porque era inevitable, sino porque fue mal manejado y mal leído. Cuando el poder deja de escuchar y se encierra en sus caprichos, el conflicto deja de ser un problema puntual y empieza a volverse incontrolable.

Rodrigo Salinas Luna Orozco es profesional en Ciencia Política y Gestión Pública.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
