
odrigo Paz no era el favorito. No lideraba encuestas ni concentraba expectativas significativas. Su triunfo, por tanto, no fue producto del arrastre mediático ni de la maquinaria partidaria, sino de un proceso más profundo, la reconfiguración del voto útil, cansado de viejas fórmulas maquilladas y decidido a cambiar un ciclo político. La victoria de Paz, amplia y doblemente certificada en las urnas, representa más un voto de hartazgo que de entusiasmo, pero también un acto de madurez democrática que merece ser reconocido.
El principio básico de toda democracia es aceptar los resultados, incluso cuando no favorecen a las diferentes opciones. Las campañas son el tiempo puntual para convencer y las urnas, el espacio para decidir. Quienes no lograron hacerlo con el respaldo de medios, recursos y estructuras territoriales, difícilmente podrán revertir la voluntad popular a través de la desconfianza o la desinformación. Instalar un clima de incertidumbre post-electoral sin evidencias documentadas no es fiscalización, es oportunismo político.
Bolivia viene de dos décadas de debilitamiento institucional y concentración de poder. El último año fue particularmente desgastante: inflación, escasez de dólares, filas interminables por combustibles y una espera tensa ante la posibilidad de un nuevo intento del MAS por prolongar su control a través del conflicto. El voto, en ese contexto, fue un acto de liberación. La población esperó con paciencia, incluso con resignación, para que las elecciones se realizaran en paz y pusieran fin a una etapa que parecía interminable.
Por ello, reabrir el debate sobre un supuesto fraude sin fundamentos técnicos resulta no solo irresponsable, sino destructivo y propicia el mejor escenario para la reconfiguración del MAS. Si existen irregularidades, deben presentarse ante el órgano electoral con pruebas verificables. El resto es ruido político destinado a reposicionar liderazgos debilitados que, incapaces de leer la nueva correlación de fuerzas, recurren a la victimización para mantenerse visibles de cara a las subnacionales.
El rol de la dirigencia de LIBRE, especialmente de Jorge Tuto Quiroga y Juan Pablo Velasco, debería ser el de canalizar la autocrítica, reconocer los errores de estrategia y ofrecer al país una oposición seria, institucional y útil. Lo contrario es caer en la tentación del relato conspirativo que ya tanto daño ha hecho al sistema político boliviano.
Las misiones internacionales y los organismos de observación acreditados, a los cuales muchas veces recurrió Tuto Quiroga, fueron categóricos: el proceso electoral fue transparente y reflejó la voluntad ciudadana. Insistir en desconocerlo sin evidencias sólidas deteriora aún más la credibilidad del sistema electoral, incluyendo a quienes participaron de la misma. La estabilidad democrática no se construye con consignas radicales, sino con confianza, y esa confianza se gana respetando las reglas del juego cuando los resultados no los favorecen.
Bolivia necesita un nuevo equilibrio. No requiere fanáticos ni mesías, sino instituciones que funcionen y líderes capaces de administrar el cambio con responsabilidad. Darle el beneficio de la duda a Rodrigo Paz no es ingenuidad, es una apuesta racional por la estabilidad. Su gobierno tendrá que demostrar si está a la altura del desafío, pero el país no puede darse el lujo de sabotearse antes de empezar.
La política no puede seguir siendo un campo de revancha personal ni un laboratorio de sospechas permanentes. Quien ganó debe gobernar, quien perdió debe fiscalizar. Ese es el contrato democrático más básico. Cumplirlo es el primer paso para reconstruir la confianza en el Estado, en las instituciones y, sobre todo, en nosotros mismos.
Bolivia ha esperado demasiado para este momento. No desaprovechemos la oportunidad de mirar hacia adelante. Hay una luz, tibia, pero real, al final del túnel. Que no la apague el ruido de quienes aún no aprendieron a perder.
Rodrigo Salinas Luna Orozco es profesional en Ciencia Política y Gestión Pública.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
