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o que se acostumbra a ver y escuchar después de cualquier elección de autoridades, e incluso durante todo su mandato, es la planificación de cómo hacerla caer.

No es tan fácil derrocar a un gobierno o a una organización de cualquier índole, siempre que su autoridad haya sido constituida legítima y legalmente, conforme a los procedimientos establecidos.

Algunos dicen: “Este Gobierno no llega a fin de mes” o le dan corto tiempo de vida. Se debe recordar que los tiempos de gobernanza no siempre responden a las expectativas de quienes anuncian una caída anticipada, por múltiples argumentos, seguramente muchos de ellos, válidos.

En algunos casos, no se realiza un cálculo efectivo, tomando en cuenta las condiciones, el tiempo o lo que fuese y el resultado termina en un desgaste de fuerzas, energía y un gasto de dinero ineficiente.

Sin pasiones políticas, existe una razón más profunda para reflexionar: Las autoridades humanas no son eternas, llegan al poder y, tarde o temprano, dejan sus cargos. Dios tiene autoridad sobre los tiempos, las circunstancias y los gobiernos: “Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos”. (Daniel 2:21). Sean buenos o malos a los ojos de quien los evalúa, cada autoridad tiene una responsabilidad y deberá responder por sus actos.

Ahora bien, si se pretende cambiar un gobierno o renovar una autoridad de cualquier nivel, debe hacerse por las vías legales y legítimas: mediante elecciones, procedimientos de revocatoria cuando correspondan y los mecanismos que establezca la normativa aplicable. No mediante maniobras por debajo de la mesa, intrigas, guerra sucia o estrategias engañosas.

Para eso existen las leyes, los decretos, las normas y los reglamentos: para establecer límites, garantizar derechos y orientar decisiones. Desde hace miles de años con los Diez Mandamientos que se entregaron a Moisés (Éxodo 20), se dieron instrucciones que hoy invitan a vivir con justicia, honestidad y responsabilidad.

No se trata de tomar las cosas de manera personal ni de defender ciegamente a una autoridad. Se trata de defender los principios, respetar las reglas y comprender que ninguna causa justifica actuar al margen de la legalidad o de la ética.

Si se quiere avanzar, prosperar y alcanzar la plenitud como sociedad, se debe aprender a distinguir entre la legítima oposición y las prácticas desleales; entre el ejercicio de un derecho y la manipulación; entre la crítica constructiva y el afán de destruir.

Porque el verdadero cambio viene cuando se analiza la causa. Una autoridad es solo el resultado de todo un proceso y el reflejo de una sociedad. Es ahí donde se debe producir el cambio para tener un resultado satisfactorio.

Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, docente universitaria y profesora de piano.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.