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unca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano. En segundos podemos conocer lo que ocurre al otro lado del mundo, consultar una noticia, aprender un idioma, pedirle una respuesta a la inteligencia artificial o descubrir cientos de opiniones sobre cualquier tema. La era digital nos prometió libertad y conocimiento; sin embargo, detrás de esa aparente libertad existe una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿seguimos pensando por nosotros mismos o alguien está empezando a pensar por nosotros?

Cada vez que abrimos las redes sociales, un algoritmo decide qué mostrar en nuestra pantalla. No vemos necesariamente lo más importante, sino aquello que, según nuestros hábitos, probablemente consiga nuestra atención. Si reaccionamos ante una determinada opinión, recibiremos más contenidos similares. Poco a poco, podemos terminar viviendo dentro de una burbuja en la que creemos que todos piensan como nosotros, mientras las ideas diferentes desaparecen de nuestro entorno digital.

El problema no es la tecnología. El problema aparece cuando dejamos de utilizarla como herramienta y permitimos que se convierta en nuestra guía. Antes buscábamos información para formar una opinión; hoy muchas veces buscamos únicamente información que confirme lo que ya pensamos. Antes conversábamos para comprender al otro; ahora podemos bloquearlo con un clic. Y antes teníamos que desarrollar argumentos; hoy basta con compartir una publicación que alguien más escribió.

La inteligencia artificial añade una nueva dimensión a este fenómeno. Puede escribir, resumir, crear imágenes, analizar información y responder preguntas en cuestión de segundos. Es una herramienta extraordinaria, pero también nos plantea un desafío: si dejamos que una máquina piense, escriba, decida y resuelva todo por nosotros, ¿qué ocurrirá con nuestra capacidad de cuestionar, crear y razonar? El verdadero riesgo no es que la inteligencia artificial sea más inteligente que nosotros, sino que nosotros dejemos de ejercitar nuestra propia inteligencia.

También existe una responsabilidad individual. No todo lo que aparece en una pantalla es verdad, aunque tenga miles de comentarios, millones de reproducciones o parezca convincente. En una época donde una imagen puede ser creada artificialmente y una noticia falsa puede recorrer el mundo en minutos, el pensamiento crítico se ha convertido en una necesidad, no en una opción.

Quizás el gran desafío de esta era no sea aprender a utilizar más tecnología, sino aprender cuándo no utilizarla. Recuperar el silencio, leer sin interrupciones, conversar mirando a los ojos, escuchar una opinión contraria y atrevernos a cambiar de pensamiento siguen siendo actos profundamente humanos. La tecnología puede facilitarnos la vida, pero no debería decidir qué debemos creer, sentir o pensar.

Porque la pregunta ya no es si la tecnología cambiará nuestra manera de vivir. Eso ya está ocurriendo. La verdadera pregunta es si nosotros seremos capaces de utilizarla sin permitir que ella termine utilizándonos a nosotros. En un mundo donde cada vez más cosas pueden pensar por nosotros, conservar la capacidad de pensar libremente podría convertirse en la forma más importante de libertad.

Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, docente universitaria y profesora de piano.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.