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sí suele invocarse cuando se da una mirada a la actual realidad nacional en el ámbito jurídico.

Al verse agotadas todas las instancias legales y legítimas; cuando ya no quedan recursos que interponer, cuando la verdad parece sepultada bajo una muralla demasiado alta, construida con mentiras, envidia, maldad, extorsión y destrucción. Es entonces cuando el ser humano, despojado de toda posibilidad de defensa frente a la injusticia, encuentra refugio en la fe y se entrega en manos de su Creador, confiando en que una fuerza superior pueda librarlo de la desgracia que la perversidad humana le ha impuesto.

¿Será por ello que hoy se percibe cierto alivio en el pueblo boliviano, tras la caída de quienes habrían convertido la administración de justicia en un instrumento de persecución y venganza? ¿Será que, finalmente, comienza a vislumbrarse una pequeña luz de esperanza para que Bolivia recupere la confianza en sus instituciones?

La justicia no puede seguir siendo un privilegio de quienes tienen poder, influencias o recursos económicos.

Solo queda esperar que aquella justicia que no proviene del hombre, sino del cielo, complete la obra que la justicia terrenal dejó inconclusa. Que los procesos injustos, las causas que quedaron sin una resolución definitiva y los casos en los que personas de bien fueron perjudicadas por decisiones arbitrarias puedan, finalmente, encontrar una respuesta conforme a derecho.

Que se revisen, dentro del marco de la ley y con pleno respeto al debido proceso, aquellas actuaciones judiciales en las que se vulneraron derechos fundamentales. Que se restituya la dignidad de quienes fueron injustamente perseguidos y que ninguna persona continúe cargando con el peso de una acusación infundada o de una sentencia injusta.

Pero ¿por qué no aspirar a más?

¿Por qué no esperar también que la justicia alcance a quienes, amparados en el poder, utilizaron la ley como instrumento de persecución y la justicia como mecanismo de extorsión?

Que el falso responda por sus falsedades; que el malvado enfrente las consecuencias de sus actos; que el testigo falso no encuentre impunidad en la ley y quien preparó la horca para su víctima, sea colgado en la misma.

No se trata de desear venganza, sino de exigir justicia. Porque la verdadera justicia no consiste en invertir los papeles de víctima y victimario, sino en restablecer la verdad, reparar el daño y hacer que cada responsable responda por sus actos.

En esta fecha de los Santos Difuntos, cuando se recuerda a quienes partieron y se honra su memoria. Y se espera la resurrección como esperanza divina. También se pueda esperar que las causas pendientes, heridas abiertas y ciudadanos que continúan luchando por demostrar su inocencia, encuentren la salvación.

Que Dios ilumine a quienes tienen la responsabilidad de reconstruir la justicia en Bolivia. Que les conceda sabiduría, valentía e integridad para no repetir los errores del pasado y para que nunca más el poder se imponga sobre el derecho, ni la mentira sobre la verdad.

¡Dios salve a Bolivia! ¡Dios salve a los bolivianos!

Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, docente universitaria y profesora de piano.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.