
os médicos y científicos suelen advertir que no se debe acostumbrar al dolor. Cuando algo duele de manera persistente, el cuerpo está enviando una señal: algo no está bien y debe ser atendido.
El dolor tiene la función de alertar, obliga a hacer un alto e invita a buscar la causa. Ignorarlo no hace que desaparezca; a veces, simplemente se aprende a convivir con él.
¿Y si algo similar ocurre con acostumbrarse al dolor emocional?
Hay personas que se acostumbran a vivir con ansiedad, angustia, preocupación o miedo. Se acostumbran a dormir mal, a vivir bajo presión, a estar permanentemente al límite. Se acostumbran incluso a relaciones, ambientes o circunstancias que les generan sufrimiento.
Hasta que un día dejan de preguntarse si están bien. Es ahí cuando surge un riesgo: confundir lo frecuente con lo normal.
Que algo ocurra constante y durante mucho tiempo, no significa que debe continuar así hasta el final, si no es saludable al corazón. Lo que debe suceder es un cambio de dirección.
El ser humano tiene una enorme capacidad de adaptación. Es por ello, que resulta muy cómodo acostumbrarse al ruido, al estrés, a la incertidumbre y hasta el tormento.
Porque hay una diferencia enorme entre haber superado el dolor y haberse acostumbrado a él.
¿Realmente estoy bien o simplemente me acostumbré a no estarlo?
Así como un dolor físico persistente merece ser investigado, el dolor emocional que se vuelve constante también merece atención.
Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, docente universitaria y profesora de piano.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
