
ay algo que resulta más preocupante que la subida del dólar, además de que hace mucho se maneja el cambio paralelo, solo se lo ha oficializado; y es que algunos estén utilizando esa subida como licencia para subir los precios de todo.
En Bolivia, el ciudadano común está aprendiendo a convivir con una nueva realidad económica. El tipo de cambio ya no es una cifra que interesa únicamente a economistas, empresarios o comerciantes. Hoy el dólar determina cuánto cuesta comprar, cuánto alcanza el salario y hasta cuánto vale el dinero que una familia logró ahorrar con esfuerzo.
Pero hay una pregunta que merece hacerse: ¿todo lo que está subiendo realmente tiene una justificación cambiaria?
Porque una cosa es que determinados productos importados aumenten como consecuencia de un mayor costo de reposición, de dificultades para acceder a divisas o del encarecimiento de los insumos. Y otra, muy distinta, es aprovechar la incertidumbre para subirle el precio incluso a los servicios, indiscriminadamente.
El dólar sube un porcentaje y algunos precios suben el doble, el triple o incluso más. El argumento suele ser el mismo: “Es por el dólar”. Pero cuando el dólar baja, ¿los precios bajan con la misma relación?
Ahí aparece una de las grandes contradicciones de esta coyuntura. Mientras algunos comerciantes, intermediarios y especuladores trasladan inmediatamente cualquier variación cambiaria al consumidor. Los salarios no tienen esa misma capacidad de reacción.
El sueldo de una persona no se duplica porque se haya duplicado el precio de un producto. El trabajador no puede presentarse ante su empleador y decir: “Todo está más caro, por lo tanto, desde mañana quiero ganar el doble”.
La realidad es todavía más dura: el salario permanece prácticamente en el mismo lugar mientras el costo de vida avanza. Y entonces ocurre algo terrible: el ciudadano pierde dos veces: Pierde poder adquisitivo por la depreciación de su moneda y vuelve a perder cuando alguien aprovecha esa situación para incrementar los precios por encima de cualquier proporción razonable.
No se trata de negar la realidad económica ni de pretender que los comerciantes absorban indefinidamente sus costos. Se trata de distinguir entre un aumento legítimo de costos y el oportunismo.
Porque una crisis económica puede explicar un incremento de precios. No puede convertirse en una patente de corso para abusar del consumidor.
Hay productos cuyo precio puede estar directamente relacionado con el dólar. Pero ¿todos? ¿También los productos nacionales? ¿También aquellos que fueron comprados antes de que cambiara el tipo de cambio? ¿También los servicios cuyo principal costo es la mano de obra local?
Y si un producto que costaba 100 bolivianos pasa a costar 200, la pregunta inevitable es: ¿realmente se duplicó el costo de producirlo o alguien simplemente decidió duplicar su margen de ganancia?
En tiempos de incertidumbre aparecen los especuladores. Aquellos que compran caro “por si acaso”, venden todavía más caro “por si acaso” y terminan convirtiendo el miedo colectivo en una oportunidad de negocio.
El comerciante teme que mañana el dólar esté más caro. El consumidor teme que mañana todo cueste más. El empresario teme no poder reponer su mercadería. Y en medio de todos ellos queda el trabajador, mirando cómo su salario pierde capacidad de compra.
El dólar puede subir. La economía puede cambiar. Los costos pueden aumentar. Pero lo que no debería aumentar al mismo ritmo es nuestra tolerancia al abuso.
Bolivia necesita estabilidad cambiaria, pero también necesita algo de lo que no se ha hablado: responsabilidad económica y ética comercial. Porque detrás de cada precio hay una familia. Detrás de cada aumento hay alguien que debe decidir qué dejar de comprar. Y detrás de cada salario congelado hay horas de trabajo que valen cada vez menos.
Quizás el verdadero problema no sea solamente cuánto vale hoy un dólar. Quizás deberíamos preguntarnos cuánto valdrá mañana el salario de un boliviano. Porque mientras algunos fijan sus precios mirando al dólar, millones de trabajadores siguen cobrando en bolivianos. ¿Quién velará por ellos?
Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, docente universitaria y profesora de piano.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
