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l mar y el cielo inspiran poesía, hasta canciones, pero también reflejan una realidad profunda. Ambos poseen una belleza inmensa, una grandeza que la naturaleza les ha regalado; se contemplan, se reflejan y parecen, desde la distancia, estar unidos… tan similares.

Sin embargo, jamás podrán dejar de ser lo que son.

El cielo no puede convertirse en mar, ni el mar elevarse para habitar el cielo. Pretender que estén juntos, desafiando la propia naturaleza de su existencia, podría convertirse en terquedad, incluso cuando detrás exista un sentimiento noble, o un pensamiento profundo. Porque no todo lo que se siente y se ve con intensidad está destinado a concretarse.

Tal vez, en ocasiones, lo que atrae no es la posibilidad de estar juntos, sino precisamente la adrenalina de lo imposible.

Y eso sucede a menudo. Hay personas, ideas y proyectos que parecen buscarse constantemente. Algunos logran encontrar un punto medio para coincidir, para tocarse por un instante. Pero, aun así, ese encuentro puede ser efímero.

Existe, sin embargo, otro camino: el de la coexistencia. Esa que no exige renunciar a la propia esencia. La que respeta la naturaleza, las diferencias y hasta la distancia. Porque coexistir no siempre significa fusionarse, ni amar significa necesariamente poseer, ni coincidir implica dejar de ser uno mismo.

El cielo se refleja en el mar y el mar en el cielo. Sin pertenecer completamente el uno al otro, se influyen, se transforman y provocan algunos de los espectáculos más poderosos de la naturaleza: la lluvia, los relámpagos, las tormentas, tsunamis, fuerzas tan inmensas como temibles.

No todo lo que está destinado a encontrarse debe permanecer unido. Hay relaciones que encuentran su mayor belleza en el respeto de la distancia; ideas que pueden coexistir sin imponerse; y fuerzas que, sin mezclarse por completo, son capaces de transformar el mundo sin destruirlo.

Porque quizá el verdadero desafío no sea forzar lo imposible, sino aprender a contemplarlo, respetarlo y comprender que, a veces, la distancia no impide la conexión.

El mar seguirá siendo mar. El cielo seguirá siendo cielo.

Y tal vez sea precisamente esa imposibilidad de pertenecerse por completo la que hace que, cada vez que se encuentran en el horizonte, parezcan eternamente unidos. Sin embargo, en la distancia se pueda descansar, meditar y conectar.

Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, docente universitaria y profesora de piano.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.