
os frases que se complementan perfectamente: una desde el punto de vista físico, desbloquear el camino; la otra desde el ámbito digital, liberar el espacio.
Bloquear y desbloquear son palabras que, más allá de su significado literal, forman parte de la vida cotidiana. En Bolivia, la expresión suele asociarse a carreteras cerradas, conflictos sociales o barreras que impiden el libre tránsito. En el mundo, los bloqueos adoptan otras formas: guerras comerciales, polarización política, burocracias interminables y sociedades cada vez más divididas. Sin embargo, el bloqueo más difícil de remover no siempre está afuera; muchas veces se encuentra en el interior.
Hay personas con su talento bloqueado por el miedo. Familias bloqueadas por el resentimiento. Instituciones bloqueadas por intereses particulares. Países bloqueados por la incapacidad de construir consensos. Y sueños bloqueados por la falta de fe.
Pero no basta con desbloquear. Existe otro proceso igual de importante: liberar espacio.
Hay mensajes que aparecen en la pantalla del celular casi todos los días: “Tu almacenamiento está lleno” o “Libera espacio para seguir funcionando”. Parecen simples advertencias tecnológicas, pero quizá constituyan una de las metáforas más precisas de este tiempo.
Ningún teléfono puede almacenar información indefinidamente. Llega un momento en que necesita eliminar archivos innecesarios para recibir nuevas fotografías, nuevas aplicaciones y nuevas actualizaciones.
La vida funciona de manera muy similar. Liberar espacio no significa olvidar el pasado; significa dejar de permitir que el pasado controle el presente.
El acumular hábitos que ya no producen resultados, amistades que solo desgastan, discusiones repetitivas, información tóxica y preocupaciones que nunca llegaron a ocurrir. Todo ello consume energía, del mismo modo que los archivos basura ocupan la memoria de un dispositivo.
Después de todo, el futuro no solo llega cuando se abre el camino; llega cuando encuentra espacio libre.
Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, docente universitaria y profesora de piano.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
