
mposible no elevar una plegaria más por las familias en Venezuela, por cada rescatista que arriesgó su vida para salvar a otros y por el presente y el futuro de un país que, en medio de esta tragedia, enfrenta un desafío más en una historia marcada por profundas dificultades.
Este terrible fenómeno natural conduce a una reflexión mucho más profunda: ¿en qué momento Venezuela comenzó a caer hacia el abismo? Una nación que, en otro tiempo, fue admirada por su belleza y su inmensa riqueza. Esa misma pregunta debieron hacerse, en distintas épocas, quienes presenciaron el declive de civilizaciones como Grecia, Egipto y Roma, o del poderoso Imperio Otomano. ¿Qué les ocurrió? Y, más aún, ¿qué sucedió con grandes imperios que desaparecieron, como Babilonia?
Las respuestas pueden analizarse desde la historia, la política, la economía, la cultura o la religión. Cada enfoque aporta elementos para comprender cómo una nación puede perder aquello que parecía inquebrantable o, por el contrario, encontrar la forma de reinventarse. Lo cierto es que ninguna potencia está exenta de la caída si descuida aquello que la sostiene en pie. Y las demás naciones deben observar con atención y mirar hacia su interior, tratando de prevenir una catástrofe de dimensiones similares.
También resulta evidente que el deterioro de una nación no suele producirse de un día para otro. Casi siempre comienza con señales silenciosas. Cuando esos síntomas se ignoran durante demasiado tiempo, el daño deja de ser circunstancial y se convierte en estructural. En ese punto, la recuperación exige mucho más que voluntad; requiere visión, disciplina y un compromiso colectivo capaz de reconstruir lo que se ha ido erosionando con los años.
Por eso, la historia demuestra que la grandeza no se sostiene únicamente en los recursos naturales o en el poder económico, sino en la capacidad de una sociedad para proteger sus valores, corregir sus errores y defender sus convicciones.
Es importante estudiar a las naciones que hoy permanecen firmes y analizar cuáles son los pilares que sostienen esa estabilidad. Desde el análisis podrían escribirse páginas enteras con argumentos y distintas interpretaciones. Sin embargo, resulta más valioso dejar una pregunta para la reflexión: ¿qué están haciendo hoy las naciones para fortalecer los pilares que garantizan su estabilidad y su futuro?
Que esta plegaria no se limite a Venezuela, sino que se extienda a todas las naciones; para que Dios conceda sabiduría a quienes tienen la responsabilidad de gobernar y también a los pueblos para elegir y ser gobernados con responsabilidad.
Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, docente universitaria y profesora de piano.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
