
n reportero gráfico, hecho al chistoso, me dijo “oye el compañero quiere sacarle foto a tu durazno” (dada la pacatez del algoritmo, que censura medios, y redes sociales, diré el durazno como sinónimo de glúteos). Me quedé helada. Con ganas de tirarle un guantazo por atrevido. Pero lo llevé al área de la broma. Me reí, pero por dentro quedé herida.
Herida no porque el otro colega quiera sacarle foto a mi trasero —puede que sea cierto o no— sino porque el otro, abundante en abrazos y besos con las colegas, hizo gala de una especie de galantería estúpida y babeante, delatando al colega, no sé con cuál objetivo.
Involucrados como estábamos y con la conferencia de prensa a punto de comenzar, el hecho quedó en el olvido. Pero esas frases no se quedan en el olvido. Permanecen y molestan como mosquitos en mitad del sueño.
Los límites existen por algo y este fotógrafo debería entender que los hay, y aplicarlos a sí mismo.
Pero no lo hace. No falta quien me dijo “capitaliza tu dolor”, en modo “autoayuda”, anestesiando a mi conciencia, creyendo, ilusoriamente que “todo está bien”.
Algo así como “inhala la rabia, exhala el perdón”. Pero no hay respiración que cure la indignación. Y no, no todo está en orden en el mundillo del periodismo boliviano.
Hay un gran desorden, tal como evidencia la Fundación Para el Periodismo (FPP) en su investigación emitida en enero de 2026.
Uno de los resultados muestra que el 74,3% de las mujeres periodistas consultadas (156) indicó haber enfrentado comentarios sexistas, insinuaciones inapropiadas o gestos que las hicieron sentir incómodas en su entorno laboral.
Aquí entra el comentario expresado por el reportero gráfico: “oye el colega quiere sacarle una foto a tu durazno”. ¿Debería haberle dado un sopapo? Creo que no, porque violencia engendra violencia ¿Debería haberle dicho no te metas con mi durazno? Tal vez sí, pero no lo hice.
Porque, pese a la recurrencia de situaciones de violencia y acoso, la mayoría de los casos no se denuncia (ahí entro yo, porque no hay donde hacerlo).
La investigación. Solo el 2% de las trabajadoras buscó apoyo legal. El 32,7% de las mujeres que atravesaron estas situaciones señaló que no buscó apoyo ni presentó una denuncia formal, un 30% solo compartió su caso con personas de su confianza y el 11,3% lo denunció formalmente en su medio. Entre los motivos para no denunciar destacan: La percepción de que “no serviría de nada” (50,7%). Miedo a represalias (24,3%). Desconfianza en las instituciones o empresas (20,6%) y falta de conocimiento sobre el procedimiento (18,4%).
La indagación de la FPP brinda una luz a este oscuro panorama, es urgente que las instituciones vinculadas a la defensa de la libertad de expresión y los derechos laborales actúen con prontitud y las cosas “no se queden en el olvido”.
Así que no, no le di un sopapo. No le grité. No armé escándalo. No convertí mi “durazno” en consigna revolucionaria ni en trending topic. Hice lo que hacemos muchas: archivé el agravio en la carpeta invisible de “cosas que duelen, pero se callan”. Porque en Bolivia todavía resulta más incómodo denunciar que aguantar, más riesgoso alzar la voz que bajar la cabeza, más fácil reírse forzado que incomodar al compañero. Y mientras tanto, el machismo sigue tomando fotos mentales, coleccionando silencios y creyéndose impune.
Pero algo empieza a moverse. Aunque sea lento, aunque sea torpe, aunque todavía huela a miedo. La investigación de la FPP no es solo una estadística: es un espejo incómodo. Y tal vez, algún día, cuando alguien vuelva a bromear con mi cuerpo, ya no tenga que elegir entre el silencio y la rabia. Tal vez pueda decir, sin temblar: “No te metas con mi durazno”. Y detrás de mí, ya no esté sola, sino una fila larga, digna y ruidosa de mujeres que aprendieron que el respeto no se negocia, no se mendiga y no se agradece: se exige.
Mónica Briançon Messinger es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
