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ué mundo este en cambio acelerado y complejidad creciente donde la adaptación de los habitantes bípedos del punto perdido en la infinitud llamado Tierra es el cumplimiento de una condena al acomodo o a la resignación ante lo que poco se conoce y no se comprende de la vida, la muerte, sus alrededores y entremedios. En gran medida por el hundimiento educativo promovido por teóricos de la teoría y consentido socialmente en ofrenda a la inclusión que destierra la calidad por la inclusión mal entendida, éxito rotundo del populismo de todos los cortes que reparte a manos llenas las migajas de la mesa en la que los caudillos y su círculo de confianza se dan los atracones.

Contexto pródigo en sorpresas tecnológicas sucedidas a contramano de un tiempo insuficiente para detenerse a distinguir entre lo principal y lo accesorio en los acontecimientos cotidianos y la información moviéndose en salvaje e incesante carrera en las publicaciones de las redes sociales que pasan una tras otra sin dejar casi huella, salvo en el caso de hacerse virales (nunca mejor dicho). Escenario propicio para el reinado de la mediocridad total.

Queda en eterna espera la reflexión sobre cualquier cosa. Sin deseo de encararlo por los millones de usuarios de la tecnología colada por todas las rendijas de la experiencia del estar que desplazó hace mucho la del ser. Diestros en los hábitos digitales convertidos en uno de los yugos del tercer milenio sobre la conciencia, la imaginación y la voluntad, son más incompetentes para navegar con algo de independencia entre la mezcolanza de ficción y realidad, de verdades y mentiras.

En tal salsa donde sobrevive ―o agoniza― la democracia, esa forma de gobierno calificada como “el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás sistemas que se han probado de vez en cuando", según recordó Winston Churchill en la Cámara de los Comunes siendo líder de la oposición en aquel 1947 en el Reino Unido.

La democracia, aquel invento de los griegos sólo para los hombres libres, esa forma de gobierno que renació después de la explosión de ideas de la Ilustración en el siglo XVIII dentro del proyecto liberal, el más radicalmente transformador de la sociedad, cuyo mejor ejemplo está en la experiencia de Norteamérica, erigido en la proclamación de la dignidad de la persona, libre e igual a las demás como eje filosófico, titular de los derechos civiles y políticos. Por consiguiente, con la condición de establecer severos límites al poder de la obra de su creación: el Estado Moderno, bajo la premisa de que todo poder es un peligro porque tiende a expandirse en desmedro de sus valores fundantes.

Pues resulta que en pleno siglo XXI, según información publicada por varias fuentes, la mayor parte de los países no aplican esta forma de gobierno. El Instituto V-Dem, con sede en Suecia, sobre un total de 179 países, reconoce 88 democráticos y 91 autocráticos. De los 88, sólo 29 son liberales y cumplen las condiciones esenciales de la democracia, mientras que 59 son electorales, caracterizados tan sólo por elecciones de las autoridades mediante el voto, con severas deficiencias en otros órdenes. Por su parte, The Economist Intelligence Unit (EIU) identifica 26 con democracia plena, de efectiva concurrencia de sus cualidades, 48 imperfecta con déficit de algunas, 32 híbrida electoralista y 61 autoritarios.

Democracia en minoría, atacada por varios frentes y hace tiempo, vaciando su esencia con la invención de conceptos de “democracia popular” y “democracia comunitaria” y la imposición de formas de pensar, opinar y actuar. Con la agravante de que “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” ha envejecido como cualquier otro elemento de la realidad, y va cayendo en decrepitud. Por eso, incluso allí donde se manifiesta plena, acusa descrédito y su valor decae.

Con mayor fuerza si se reduce al mero acto de votar, cuyos resultados de ninguna manera garantizan la solución de los problemas y la satisfacción de las necesidades para el mayor bienestar de las personas. En tal camino quizás tiene mucho que ver la falta de condiciones mínimas de calidad en los sistemas de admisión de candidatos, habiéndose dejado abiertas de par en par las puertas para el acceso de elementos de cualquier catadura, con posibilidades reales de ganar gracias al populismo que reina sentado sobre la ignorancia del electorado y la propaganda demagógica que además se auxilia ―¡y cómo!― de los recursos de la tecnología de avanzada dentro de los cuales se ha llegado al extremo de confundir la realidad real con la realidad virtual.

Las elecciones últimas de Brasil son una muestra de lo expuesto. Un anciano amante del poder, condenado por corrupción y liberado gracias a errores de procedimiento judicial, le gana a un hijo de papá que anuncia en el cierre de su campaña que si gana, será su progenitor quien gobernará.

Y aquí, en Bolivia, mejor ni hablar. La corrupción, improvisación e irresponsabilidad versión 2.0 ganaron para que el país siga perdiendo.

Gisela Derpic Salazar es abogada y asambleísta departamental en Tarija.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.