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ía del periodista. Una vez más, y como cada 10 de mayo, recibimos lindas felicitaciones. Algunas de corazón, otras corporativas y las demás institucionales. Todas ensalzan la vocación que nos empuja a trabajar en el “oficio más lindo del mundo”. Agradecemos. Nos sentimos bien por un día. Y descubrimos, como casi todos los que nos dedicamos a este oficio, que la vocación no paga las cuentas.

Alguna vez recibí la imperiosa orden de publicar una nota. Porque se suponía que mi profesión es un servicio a la sociedad. Llegó hasta tal punto la solicitud que la mujer encargada de dar la orden, decidió darme una clase de ética y moral diciendo que “era mi deber publicarla porque para eso están los periodistas”.

Decidí no responder a la necia. Mi vocación llega hasta donde entiendo qué es y qué no es noticia. ¿Llegará un día en que la sociedad entienda que los periodistas tenemos familia, cuentas por pagar, bocas por alimentar y salud por cuidar?

Lo dudo. Más aún en una Bolivia quebrada gracias a 20 años de despilfarro masista que no sólo ha dejado a periodistas mal parados, sino a casi todos los profesionales libres. Ahí están psicólogos, arquitectos, abogados, auditores, veterinarios, por nombrar a pocos, que andan en las mismas. Y por supuesto, las planillas impagas de “los grandes medios de la ciudad”.

O están las academias de arte que se cierran porque las familias deben velar por su magra economía, dejando de lado las clases de danza, pintura, música, dedicadas a sus peques. Y más allá a un aparato productivo casi detenido. Funcionando por inercia, sin reposición de repuestos, o creando empleos estables y bien remunerados. Economía mal parada. Y una gestión gubernamental actual que emite “diplomacias”, pero parece no hacer nada.

Para colmo, las noticias falsas, los “podcast” de gente que te hace creer que es periodista, verdades a medias y opinólogos de baja calaña que generan incertidumbre y se alimentan de likes. Pero cuando esa realidad se siente así de falsa, los periodistas podemos encontrar la verdad, la conexión y la esperanza.

En esta era de crisis de información, el rol del periodista es proveer herramientas que ayuden al público a enfocarse en lo importante y no en lo urgente. Presentando hechos. Brindando noticias imparciales, veraces y sin sesgo, en áreas diversas, precisamente para que la opinión pública eleve su capacidad de discernimiento y análisis.

Pero la verdad es otra, y el riesgo de la profesión, sobre todo en quienes están en primera línea. Entre enero y el 13 de junio de 2025, la ANPB registró 95 vulneraciones contra la prensa. Tantas que me da vértigo. Si quiero hablar de la “harina blanca” que sale del Chapare, tengo que disfrazar el término porque si me atrevo a denunciar a productores corro el riesgo de terminar en el canal Isuto en Santa Cruz, o en cualquier cuneta de la carretera hacia esa zona.

Si quiero cubrir a los bloqueadores de Viacha, posiblemente me quiten el micrófono, me metan mano y traten de abusarme. Si busco recibir el salario que me corresponde, o el seguro de salud que debería cubrirme, descubriré que ando con el poto al aire. Sin cobertura. Sin seguridad laboral. Sin un sostén que me brinde soporte.

Y ahí estará quien me abanicará en la cara que mi “vocación debería ser suficiente” para darme la energía y los bríos para ser periodista. El gremio hace lo que puede en Bolivia. Hay buenos y malos periodistas. Y están los que dejaron de serlo porque su medio quebró y ahora andan por las calles del emprendedurismo.

¿Qué nos queda? Seguir pues. Adelante. Buscando otro “trabajito” para pagar luz, agua, gas y celular, además de alquiler o comida. Porque la vocación periodística hace eco de lo que dice Rodrigo, o Edmand, o de quien sea que esté en el poder, pero no te da de comer.

Feliz día del periodista, a todos quienes creen que la vocación es el poderoso motor que te saca de la cama cada mañana y da fuerzas para vivir.

Jodidos, pero viviendo.

Mónica Briançon Messinger es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.