
olivia ha celebrado que, hace una década se filmó parte de la saga de Star Wars, en el salar de Uyuni. La artista boliviana Erika Ewel fue distinguida con el Premio Iberoamericano de las Artes Plásticas, otorgado por la Fundación Carlos III de España, un reconocimiento a trayectorias que contribuyen al fortalecimiento de la identidad cultural en la región, informa el portal de noticias Valor Agregado, y también anuncia que “estudiantes bolivianos están en el en Top 10 de la competencia mundial de vehículos autónomos Quanser Self-Driving Car Student Competition en Estados Unidos”.
O que “Alejandra Arce, actriz cochabambina que radica actualmente en Ciudad de México, protagoniza ‘Cholita takes LA’, un piloto nominado en el Mexican American Film & Television Festival en la categoría Best Vertical, que aborda el choque cultural de la migración desde una mirada fresca y contemporánea, o que la estudiante boliviana Aleska Medrano fue distinguida como Senior Marshal en Columbia University, uno de los reconocimientos más altos que otorga esta institución a sus graduados por su excelencia académica, liderazgo e impacto en la comunidad universitaria”.
Todas ellas, buenas noticias, de hechos que han sucedido durante estas semanas, y que sobresalen en medio de la nauseabunda coyuntura informativa, permitiéndonos mirar un poco más allá de las noticias de siempre, por ejemplo, que a inicios de esta primera semana de mayo vivimos la posesión de las nuevas autoridades municipales y departamentales (con show de autos y disfraz incluido), y los cada vez más frecuentes, “hechos de sangre” en Bolivia:
El país despertó este 1° de mayo con la noticia de que un sicario asesinó a Víctor Hugo Claure, magistrado decano del Tribunal Agroambiental, en Santa Cruz de la Sierra. Este suceso se suma a una ola de sicariatos con seis asesinatos en menos de un mes en Bolivia, registrados entre el 11 de abril y el 2 de mayo, y que comparten un mismo patrón: sujetos armados que llegan en motocicletas o interceptan a sus víctimas en la vía pública o dentro de vehículos, disparan en repetidas ocasiones y huyen del lugar.
El chaleco antibalas será el nuevo uniforme de las autoridades, diciendo. Parece que el negocio de las tierras ilegales y los avasalladores es de armar tomar. Esta ola de violencia política, y toda la coyuntura informativa en general, me deja la sensación de que la esperanza es para idiotas, y que el optimismo puede quedarse guardado en el baúl. Aun así, contra todo chance, hay algo de milagroso que nos hace seguir aquí, algo dentro de nosotros que todavía le da sentido al hecho de vivir en esta tierra de nadie.
Si no, ¿cómo es que podemos proseguir la vida en Bolivia, cuando somos rehenes de una corporación de transportistas que amenazan con paros movilizados, o en manos de dirigentes obreros, llenos de dinero, gracias a que viven en permanente comisión, ahondando el abuso que a nombre de los más desfavorecidos cometen en el país?
Porque somos idiotas con esperanza. No hay otra explicación. Idiotas que todavía pelean por un poco de árboles en la ciudad, por pedir que mantengan ese parque y esa zona verde, para que la vida, en esta “sucursal del cielo”, sea a escala humana, y no a medida de los autos chutos aglomerados en sindicatos, o de la informalidad que campea por las calles, acaso como signo de una economía rendida y agotada, donde caminar ya no es un disfrute como habitante, sino una maldición burocrática, mientras buscas fotocopiadora de carnet. Idiotas porque aún creemos que sí es posible.
Mónica Briançon Messinger es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
