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ás bonos, no; perdonazos bancarios, tampoco; medidas inmediatas de carácter cataplasma, no. ¿Entonces qué necesita La Paz en este momento, luego de 50 días de bloqueo inmisericorde? Un plan shock urgente.

El shock es un término que los médicos utilizan cuando el paciente tiene una afección mortal, porque el cuerpo no recibe un flujo de sangre suficiente, de manera que se ven afectados las células y órganos porque no reciben suficiente oxígeno.

Los bloqueos han dejado secuelas que requieren una solución de carácter estructural y no parches aislados, salidos de la emoción momentánea del gobierno, que mucho de culpa tiene en este entuerto, con sus reacciones tardías, con la venta de combustible barato y discursos repetitivos, que terminaron por irritar a la ciudadanía (no utilizo los términos pueblo y democracia, porque son expresiones desgastadas que perdieron su sentido original). Van a pasar meses antes de volver a la normalidad.

Paceños y alteños demostraron una gran capacidad de tolerancia, un espíritu de sacrificio inenarrable, pero no han salido todavía del estado de shock. Llega fin de mes y los dueños de las pequeñas empresas dirán que no tienen dinero para cumplir con los trabajadores; los turistas cancelaron sus viajes por la inseguridad física; los bancos seguirán sumando guarismos a las deudas de los prestamistas, los precios de los productos de primera necesidad no bajarán al precio inicial; la educación desprestigiada por cientos de maestros que le hicieron el juego a la COB, ingresaron en un largo túnel de dudas, pocos confían en ellos. Los que perdieron capital y ahorros, no saben cómo reanudar sus labores porque perdieron todo, menos las ganas de seguir adelante.

El ciudadano ya sabe que en estos cincuenta días de bloqueos perdieron la vida una decena de personas, que el país perdió 2.800 millones de dólares, que el país dejó de exportar mil millones de dólares, de ellos, quinientos son de La Paz. Repitiendo esas cifras el gobierno no avanza nada.

El país ingresó en terapia y algunos sectores en terapia intensiva. Se necesita una nueva agenda económica, olvidarse de promesas y discursos. Los que trabajan por cuenta propia, que son la mayoría en el país, reclaman reactivar su economía de inmediato.

El ciudadano común pide nueva seguridad jurídica, un cambio de fondo en el sistema judicial, un gran pacto de la clase política que apunte hacia un solo norte, proscribiendo de por vida a los partidos que le hicieron daño al país; un cambio radical del sistema educativo, porque el centro de la educación es el alumno y no el maestro.

Antes de cualquier plan, se deben curar las heridas y ver los factores de unidad antes que los de separación. Se debe desterrar esa visión que coloca una frontera entre campo y ciudad, porque el uno depende del otro y quien cree matar de hambre privando de sus productos al otro termina encerrándose porque también sale perjudicado.

Se debe eliminar de las redes sociales esa narrativa de la división que, ahora se amplía con la falsa narrativa oriente y occidente. Será muy difícil superar esa diferencia cultural, porque han ido desapareciendo los educadores, los apóstoles que muestren una luz al final del túnel.

Sería bueno que nuestros gobernantes lean en qué consistió el “milagro japonés” tras la segunda guerra mundial que, en otras palabras, significó dejar de importar materias primas para elaborar productos manufacturados de alto valor, cambiaron el enfoque textil hacia la electrónica de consumo y desarrollo automotriz, mirando siempre a la mejora continua...

También Alemania tuvo su “milagro”, tras la segunda guerra mundial, porque no solo admitió la ayuda internacional, sino que supo invertir el dinero recibido; su sistema se dirigió a una economía real y no una economía basado en los mercados financieros, lo que significaba que la forma de ganar dinero se basaba en lo que el país creaba, con lo que se protegió de las crisis económicas que vendrían. Claro está que venía de contar con una gran industria desde antes de la guerra.

Copiar lo bueno es una excelente herramienta para acelerar el aprendizaje, siempre y cuando lo aprendido se adapte al medio en que se vive y se intente precisar lo que se quiere imitar para mejorarlo. Debe quedar clara la tarea básica e inmediata: el gobierno debe invertir más en La Paz, El Alto y Cochabamba, que han sido las regiones más golpeadas por los bloqueos.

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.