
l rey Alejandro aseguraba ser más feliz, justo y valiente que cualquier rey; pronto se enteró que alguien (Diógenes) decía ser el hombre más feliz en la tierra; lo buscó y lo encontró tumbado al sol. Cuando le preguntó: "¿Hay algo que pueda concederte?", el filósofo le respondió: "Puedes hacerte a un lado y dejar de bloquear la luz del sol".
Alejandro quedó impresionado y admiró tanto la altivez y la grandeza del hombre que no sentía más que desdén por él, que le dijo a sus seguidores, quienes se reían del filósofo: “Si no fuera Alejandro, desearía ser Diógenes”.
Diógenes de Sinope era un cínico. De hecho, fue el primer cínico, aunque el fundador de la escuela cínica fue su maestro, el filósofo ateniense Antístenes, discípulo de Sócrates. Pero, fue Diógenes el que se ganó el apodo, a veces mentado como insulto, pero que él recibía como halago.
Este adjetivo se deriva de kynes que significa "perro". ¿Qué tiene que ver el cinismo con los perros? Diógenes había nacido a finales del siglo V a.C. y fue desterrado de su nativa Sinope, una colonia jonia del mar Negro, por un asunto algo oscuro que tenía que ver con la falsificación de monedas.
Despojado de todos sus bienes y hasta de su ciudadanía, se declaró cosmopolita y se fue a vagar por las ciudades griegas, viviendo de acuerdo a su creencia de que las convenciones sociales impedían la libertad personal y dificultaban el camino hacia la buena vida. Para él, la riqueza, el privilegio y el poder, convencionalmente signos de una vida exitosa, debían ser despreciados en lugar de admirados. Una vida exitosa era una vida virtuosa, vivida de acuerdo con la naturaleza.
Así que, en vez de buscar fama y fortuna, o al menos una manera de ganarse la vida para costearse techo y comida, Diógenes hizo de las calles su hogar, durmiendo a la intemperie, a veces en un barril. Se esforzaba constantemente por una mayor sencillez.
Hoy, la palabra describe a alguien que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas; el cinismo está asociado a la falta de preocupación por ajustarse a reglas que otros consideran relevantes. “Yo solo digo la verdad” o “no tengo pelos en la lengua” suelen ser frases de las personas cínicas. Frecuentemente son acusadas de actuar con descaro, una actitud que despierta incomodidad.
Los casos del exgerente de BoA, del diputado “chutero” que busca legalizar un millón de autos, del alcalde que defiende a los líderes de los bloqueos, han puesto nuevamente en escena el término cinismo. “Aproveché la oportunidad para los pasajes”, “No cometí ninguna infracción”, “No detengan a mis dirigentes”, son las respuestas de los aludidos.
El hombre de este siglo está perdiendo el sentido de culpa debido a un cambio cultural hacia el individualismo, donde se da un auge del relativismo moral (los valores varían en el tiempo) y la secularización, debido a que se ignora los valores religiosos tradicionales; a ello se suma un enfoque de autorrealización personal.
Todo ello debilitó los límites éticos que antes generaban remordimiento automático. “Tengo la conciencia tranquila y ningún remordimiento” se afirma. Convivimos con la mentira que tiene un rasgo de normalidad. El caso de las Fake news (noticias engañosas) que no se cansan de mentir, son el pan del día, y cuando se descubre la mentira, no se habla más del tema. Asunto sellado, entonces los mentiroso digitales ensayarán otra mentira.
En el libro “Look Again” (Mira de nuevo), la profesora de neurociencia Tali Sharot y el profesor de derecho de Harvard Cass R. Sunstein investigan por qué dejamos de percibir tanto lo bueno como lo malo que nos rodea y cómo "deshabituarnos". Los autores se preguntan por qué los trabajos estimulantes y las obras de arte impresionantes pierden su brillo con el tiempo. Las personas dejan de notar lo más maravilloso de sus propias vidas.
También dejan de notar lo terrible, debido a algo llamado habituación. Debido a la habituación, las personas se acostumbran al aire contaminado, se despreocupan de su propia mala conducta y son más propensas a creer la desinformación. Pero ¿y si pudieras deshabituarte? ¿Podrías encontrar una manera de ver todo de nuevo? ¿Y si pudieras recuperar la sensibilidad, no solo a las cosas buenas de tu vida, sino también a las cosas terribles que dejaste de notar? Seguramente dejarías de acercarte al cinismo.
El cinismo existió siempre en la historia de la humanidad y existirá. Se trata de cambiar ese chip en la escuela y el hogar, para ello se debe recuperar la sensibilidad, lo que nos permite identificar con mayor claridad lo malo y apreciar más profundamente lo bueno.
No es fácil porque la sociedad prioriza el bienestar personal y la búsqueda de la felicidad por encima de la responsabilidad comunitaria. Las acciones se justifican con mayor frecuencia bajo la premisa de la "libertad individual", las verdades absolutas se han difuminado.
Al no existir un consenso estricto sobre lo que está bien o mal, existe una tendencia a echar la culpa a los otros y culpar al entorno, las circunstancias. En otras palabras: evitamos la autocrítica. Los jóvenes impúdicos, procaces, desvergonzados y atrevidos, ganan terreno en nuestras escuelas.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
