
uisiera comenzar con unas frases que resumen bastante bien el momento político que vive nuestro continente, durante la visita a Estados Unidos en marzo de este año, en el marco de la reunión denominada “Shield of the Americas” (Escudo de las Américas) convocada para fortalecer la cooperación y la seguridad regional, el presidente boliviano Rodrigo Paz Pereira dijo: “Bolivia para el mundo y el mundo para Bolivia” y en ese mismo contexto lanzó otra expresión que llamó la atención “hagamos el continente grande otra vez”.
Más allá de lo simbólico de estas frases, lo interesante es lo que reflejan en términos geopolíticos, porque hoy parece estar formándose en Washington y en varias capitales latinoamericanas una nueva idea, la de reconstruir una estrategia hemisférica frente a tres fenómenos que preocupan cada vez más a los gobiernos: el crimen organizado transnacional, el narcotráfico y la creciente competencia por los recursos naturales.
Todo comenzó a inicios de marzo cuando Estados Unidos convocó una serie de reuniones para discutir seguridad regional y cooperación contra el narcotráfico; las conversaciones se realizaron entre el 4 y el 5 de marzo en el cuartel del United States Southern Command en Doral, Florida, durante la llamada Conferencia de las Américas contra los Carteles del Narcotráfico, donde el secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth firmó junto a varios países una declaración de cooperación contra el crimen organizado y todo ese proceso terminó el 7 de marzo en Miami con la cumbre denominada “Escudo de las Américas” organizada por el presidente Donald Trump.
En esas reuniones participaron Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Trinidad y Tobago, aunque también hubo ausencias importantes que no fueron convocadas y que son actores clave en la geopolítica del narcotráfico regional, como México, Brasil y Colombia; de esas conversaciones surgió una iniciativa que ahora empieza a cambiar el debate sobre seguridad en el continente, la creación de una coalición regional contra los carteles del narcotráfico llamada “Escudo de las Américas”, con la idea central de fortalecer la cooperación entre países mediante intercambio de inteligencia, coordinación policial y operaciones conjuntas contra organizaciones criminales que hoy operan a escala transnacional.
El propio Donald Trump explicó la lógica de esta estrategia de forma bastante directa, según sus declaraciones los carteles del narcotráfico representan una amenaza comparable a las organizaciones terroristas internacionales, por lo que enfrentarlos podría requerir incluso acciones coordinadas de carácter militar; para algunos analistas este enfoque recuerda a las coaliciones internacionales que en el pasado se organizaron contra grupos como Al Qaeda o ISIS, porque la historia muchas veces no regresa de forma brusca sino lentamente, casi sin que nadie se de cuenta, algo que podría estar comenzando a ocurrir otra vez.
En medio de este debate también ha empezado a circular un término curioso en la política internacional, algunos hablan de forma simbólica sobre una reinterpretación de la histórica Doctrina Monroe del siglo XIX, pero ahora bajo un nombre informal que algunos llaman “Doctrina Donroe”, una mezcla entre Monroe y Donald Trump, para explicar la idea de que Estados Unidos intenta reafirmar su liderazgo estratégico en el hemisferio occidental mientras busca limitar la creciente influencia de potencias como China y Rusia en América Latina.
La pregunta central que aparece entonces es si los carteles del narcotráfico podrían llegar a ser considerados organizaciones terroristas y aquí surge un problema importante, el derecho internacional nunca ha logrado establecer una definición universalmente aceptada sobre terrorismo; en términos generales se habla de terrorismo cuando se utiliza violencia contra la población civil para generar miedo o presionar políticamente a los gobiernos, mientras que los carteles del narcotráfico son organizaciones criminales cuyo objetivo principal es económico aunque utilicen niveles extremadamente altos de violencia y esa diferencia hace difícil su clasificación jurídica; sin embargo, si en algún momento los carteles fueran declarados formalmente como organizaciones terroristas, las consecuencias serían muy grandes porque podrían aplicarse marcos legales similares a los que se han utilizado contra Al Qaeda o ISIS, lo que incluso podría abrir la puerta a operaciones internacionales más grandes, razón por la cual en este debate aparece también el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, que reconoce el derecho de los Estados a la legítima defensa cuando sufren un ataque armado.
En este punto aparece otra doctrina importante del derecho internacional contemporáneo conocida como “unable or unwilling”, que significa “incapaz o no dispuesto”, la que dice que un país podría intervenir contra grupos armados que operan desde el territorio de otro Estado si ese Estado no puede o no quiere detenerlos y esos grupos representan una amenaza para otros países, bajo esa óptica Estados Unidos ha utilizado este argumento en varias operaciones contra organizaciones terroristas, aunque sigue siendo muy discutido porque muchos juristas consideran que podría debilitar uno de los principios fundamentales del sistema internacional: la soberanía de los Estados. En realidad, este debate no es nuevo, porque después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos intervino militarmente en Afganistán contra Al Qaeda y el régimen talibán y algo parecido ocurrió después con las operaciones contra ISIS en Siria e Irak, justificadas como actos de legítima defensa.
Para América Latina estas discusiones tienen además un peso histórico muy particular, porque durante más de un siglo la región desarrolló una fuerte tradición jurídica para defender el “principio de no intervención”, es decir la idea de que ningún país debe intervenir en los asuntos internos de otro; de esa tradición surgieron doctrinas como la Doctrina Calvo del jurista argentino Carlos Calvo, la Doctrina Drago del canciller argentino Luis María Drago y la Doctrina Estrada del diplomático mexicano Genaro Estrada, todas pensadas para proteger la soberanía de los Estados latinoamericanos frente a intervenciones extranjeras. La memoria histórica del continente también está marcada por hechos como la guerra hispano-estadounidense de 1898, que llevó a la Enmienda Platt y permitió a Estados Unidos intervenir en Cuba y establecer la base naval de Guantánamo, que más de un siglo después continúa funcionando como instalación militar.
En el escenario actual también aparece Bolivia debido a su ubicación estratégica, que la convierte en un punto importante dentro de las rutas del narcotráfico en Sudamérica; grupos criminales como el Primeiro Comando da Capital y el Comando Vermelho, originarios de Brasil, utilizan el país como zona de tránsito hacia mercados regionales y europeos y aunque Bolivia mantiene niveles de criminalidad relativamente bajos, en los últimos años han surgido casos de sicariato, secuestros y conflictos entre redes criminales, lo que ha incrementado la preocupación sobre el crecimiento del crimen organizado.
En ese contexto, durante esta conferencia realizada en Doral, el ministro de Defensa boliviano propuso una idea interesante de convertir la posición geográfica del país en un “hub de seguridad para el hemisferio” y dentro de esa lógica nació el Escudo de las Américas, una plataforma regional de intercambio de inteligencia y cooperación entre países apoyada en sistemas de vigilancia que combinan tecnología satelital, drones y radares para reforzar el control territorial frente al narcotráfico; sus primeros resultados comenzaron a verse rápidamente en la región, como lo demuestra la captura en Bolivia del narcotraficante Sebastián Marset, considerada una de las operaciones más importantes contra el crimen organizado en el continente.
En ese mismo contexto hemisférico también se produjeron algunos gestos políticos que reflejan el clima diplomático del momento, pues durante la cumbre el presidente Donald Trump se refirió a Bolivia señalando que el país tiene “great people”, comentario que el presidente boliviano Rodrigo Paz Pereira interpretó como un reconocimiento no a su persona sino a la grandeza del pueblo boliviano.
Si el Escudo de las Américas se consolida y los carteles del narcotráfico comienzan a ser tratados como una amenaza grave para la sociedad, Bolivia estará entrando en una nueva etapa, una etapa en la que el país ya ha comenzado a luchar con mayor decisión contra este flagelo luego de restablecer relaciones con Estados Unidos después de 17 años, dejando atrás el tiempo en que el narcotráfico pudo operar muchas veces protegido por autoridades, para convertirse en un país que quiere vivir en paz, orden y armonía.
Asdruval Columba Joffré es abogado y profesor universitario.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
