
ruro transitó en el último carnaval entre el apetito desordenado de unos pocos (llenarse los bolsillos) y la falta de control de quienes organizan la tradicional Entrada de Carnaval, declarada por la Unesco, como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.
El término angurria, muy utilizado en América, se refiere al codicioso, ansioso y hambriento, que generalmente dice, primero yo, después yo y siempre yo. Uno de esos, invirtió en Oruro 453 mil bolivianos y compró el derecho a lucrar de las graderías por donde pasaron los conjuntos folklóricos; naturalmente el que cedió el derecho, que no es otro que el alcalde u otro funcionario de alto rango (tan angurriento como el que compró), no dudo en recibir ese fajo de dinero, más otro monto, bajo el nombre de garantía.
Estas autoridades del municipio parecen estar más preocupados por solucionar sus propios problemas económicos, antes que pensar en el desarrollo de la festividad y mejorar las condiciones de un buen anfitrión que estimule la creación de empresas, generación de puestos de trabajo y generar un ambiente favorable para el turismo.
Es probable que el angurriento mayor haya cedido parte del derecho a intermediarios postulantes al angurrientismo, quienes decidieron colocar precios prohibitivos que oscilaban entre 800 y tres mil bolivianos; hasta se inventaron el término “lunch”, para vender cuatro a seis asientos en seis mil bolivianos, considerando que era una oferta atrayente.
En la acera de enfrente se ubicaron los que no rinden cuentas a nadie y forman su propio estado dentro del Estado y llevan el rótulo de directivos de la Asociación de Conjuntos Folklóricos de Oruro (ACFO), entidad fundada en 1963. Esta entidad es dirigida por los conjuntos folklóricos más antiguos como la Morenada Central. El citado directorio hace y deshace, no rinde cuentas a nadie, de manera que la Entrada de Oruro es de ellos y no de los danzarines. Es más, tiene un guerrero digital, quien se encarga de descalificar a los críticos y dar la voz oficial de la directiva.
Otro tanto ocurre al interior de cada conjunto, porque el devoto tiene que pagar para inscribirse en un grupo, pagar el hotel, viaje, alimentación y otros gastos en nombre de la fe a la Virgen del Socavón. Es que la devoción es un buen pretexto para el baile y oportunidad para determinadas personas que desean mostrar su poder económico (estatus) a través de danzas folklóricas cada vez más modernizadas y atléticas, donde a veces se muestra más piel que traje, de manera que las polleras se han reducido a su mínima expresión.
En resumidas cuentas, nadie tiene la obligación de rendir cuentas y el Ministerio de Turismo solo se encarga de brindar cifras y señalar que el Carnaval de Oruro generó 800 mil bolivianos.
Esta falta de transparencia en la organización, la larga espera de los principales grupos folklóricos, los precios elevados de graderías, precaria infraestructura, excesivo lucro, la basura y monotonía en la presentación hacen que los que organizan esta fiesta sean los primeros en lanzar piedras contra su propio tejado.
El turista nacional hace un breve análisis: “Cuatro asientos más transporte, hotel por un día, alimentación, total siete mil bolivianos. Cancelamos el viaje y lo vemos por televisión”. Es fácil entender por qué gran parte de los tres mil asientos disponibles estaban desocupados y los propios orureños busquen lugares lejos de la avenida Cívica o la 6 de Agosto, para ver un espectáculo que pertenece a las personas de esa ciudad y que sienten vergüenza por ver a unos cuantos llenarse los bolsillos sin rendir cuentas a nadie.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
