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lgo se aprende de los errores anteriores. Del caso de “las maletas” pasamos en un santiamén al caso “combustible sucio”. Ahora, por lo menos, nadie declara por cuenta propia, porque se aprendió: el que la explica la complica. Ante tantas versiones y fechas, los reporteros encontraron varias historias internas, dentro un caso (maletas) que en poco más de dos meses no avanza nada.

En el segundo caso, ante la protesta generalizada de los transportistas, las autoridades no tuvieron más remedio que admitir el error, culpa o grosería y prometieron una reparación de los gastos, aunque la tarea no se pinta nada fácil. En otras palabras, el ciudadano compra gasolina a un alto costo y sucio.

“La ANH no cuenta con laboratorios que te permitan certificar completamente los análisis de calidad; razón por la cual se está trabajando en un convenio con YPFB Refinación, porque tienen el único laboratorio certificado que puede hacer un análisis completo”, declaró la directora de la Agencia Nacional de Hidrocarburos, Margot Ayala. La aseveración dejó perplejo a más de uno. ¿Y cómo así? Diría un reportero mexicano.

La respuesta al tema, la dará el ministro de Hidrocarburos, dijo el ministro de la Presidencia, José Luis Lupo. No es que se estén echando el muerto, sino que aprendieron a no dar varias versiones que terminan confundiendo a la opinión pública. No es conveniente dar una explicación de un tema que tiene varias aristas y se complica. En estos casos y como reza el aforismo latino, no se debe caer en el “Excusatio non petita, accusatio manifesta”; en lenguaje sencillo: si no tienes nada de qué justificarte, no te disculpes o mejor, el que se excusa, se acusa.

Como estamos en el siglo XXI nadie pide perdón, porque eso implica reconocer errores. No hubo errores, sino una mano negra de unos hombres vestidos de azul, en otras palabras: los antecesores que quieren hacer quedar mal al gobierno actual. Expresar públicamente un error implica para un político una amenaza contra su imagen, una humillación pública, reconocer su vulnerabilidad. Quien diga que el reconocer el error es un acto de valentía, porque repara relaciones y mejora la salud emocional, debe ingresar al ejército de los cándidos del siglo pasado.

En medio de este merengue, ahora baila una empresa argentina a la que se le entregó nueve millones de bolivianos con el propósito de que controle la calidad de los carburantes. Esa empresa de nombre Camin Cargo Control Argentina, tenía un contrato anual desde abril del año pasado; el Gobierno quiso refrendar el contrato directo en diciembre, pero algo pasó y se prefirió respetar el antiguo contrato. ¿Esta empresa es parte de esa mano negra?

A esa olla a presión se suma la denuncia de Alianza Popular, que presentó una denuncia en contra del presidente de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), Yussef Akly, sobre un supuesto sobreprecio en la compra de carburantes.

En tanto, las personas que evidencian daños en su vehículo debido al combustible sucio, deberán asomar a un taller (no cualquiera) para someter su coche a la revisión correspondiente. YPFB Logística tiene un seguro de daños contra terceros y operará tan pronto se evidencie que el daño corresponde; lo que implica largas colas frente a estos talleres en espera de ese diagnóstico. El caso tira para las calendas griegas.

El filósofo francés Jacque Derrida sugería pensar deconstructivamente, lo que implica cuestionar las verdades aceptadas y preguntar a quién le conviene aceptarlas. Estas verdades aceptadas pueden ser benignas (resultado de un pensamiento perezoso) pero también pueden ser malignas.

La idea es: si algo se construye, se puede deconstruir. Esto se aplica a objetos del mundo, como sillas, coches y casas, pero también a los conceptos que utilizamos, como la verdad, la justicia y Dios. Estas “cosas”, que solemos asumir como naturales, en realidad son construcciones culturales, dice el filósofo. Podemos colegir, que las autoridades dicen su verdad, que puede ser una falsedad, que no todo lo que se promete se cumple, que no todo es culpa del pasado, porque los del presente también construimos nuestros éxitos y fracasos… Pero, que no podamos tener tres laboratorios en el país, para saber si lo que el Estado vende es de buena o mala calidad, eso ya es inadmisible.

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.