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scribir sobre la fiesta del Inti Raymi (la fiesta del dios sol) es para mí un placer académico y científico y me trae alegrías. Recordar nuestra historia nos trae alegrías y algunas tristezas. Los noticieros de las televisoras sobre las celebraciones de las fiestas del Inti Raymi me parecen interesantes y divertidas. La gente y la juventud piensan y se nutren con orgullo de nuestras tradiciones culturales, los “pajpakus” e historiadores populares, buenos y malos, hacen su agosto. Las agencias de turismo compiten entre ellas en creatividad y sabiduría para atraer a turistas nacionales y extranjeros y dar a conocer nuestros sitios históricos y su significado. Todo eso está muy bien.

Pasando al tema, primeramente, es un gusto reconocer que la palabra “Inti”, es decir “dios sol” en castellano, viene del idioma puquina, el idioma que se hablaba en el imperio de Tiwanacu y en sus territorios conquistados durante más de seis siglos (como imperio los siglos V dC hasta principios del XII dC; como cultura desde el IV aC hasta el IV dC por lo menos). Este gran imperio tan importante para el surgimiento de los imperios posteriores es desde hace varias décadas subestimado e ignorado en las universidades del mundo. El gran arqueólogo boliviano Carlos Ponce Sanjinés es el que realizó durante los años 50 hasta los 80 –con financiamiento de su propia oficina– las excavaciones y la reconstrucción de varios edificios de la capital del imperio y de otras ciudades más pequeñas. Sin el esfuerzo incomprendido de este gran científico no hubiera habido Tiwanacu. Otro gran científico que no se olvida de Tiwanacu y de su idioma pukina es el gran lingüista peruano Rodolfo Cerrón Palomino, una eminencia en el Perú y desconocido en las universidades bolivianas.

Tiwanacu se expandió desde el Lago Titicaca (lago “Pokina” en pukina en esos tiempos) por el altiplano del Perú y de Bolivia, por el sur del Perú, el norte de Chile y Argentina, así como por los valles centrales de Bolivia. Durante los varios siglos de su existencia Tiwanacu desarrolló su cultura, su idioma, así como la escritura de los kipus en tejidos de camélidos con los que se comunicaba y realizaba intercambios de productos en ese vasto territorio. Cuando colapsó la capital del imperio, la nobleza y su ejército huyeron y se instalaron en el Cusco en el Perú, habitado entonces por pequeñas etnias locales que hablaban el idioma aymara. Con los años los “nuevos cusqueños” adoptaron el aymara como su lengua pero la nobleza continuó conservando el pukina como “la lengua secreta de los incas” (Garcilaso de la Vega) y difundió muchas palabras y conceptos como “inti”, el dios sol, Inca, Kapac, etc.

Dos siglos después de su llegada al Cusco, la “nueva nobleza” dominante en la región fundó el imperio Inca, el Tawantinsuyo, que se expandió rápidamente sobre un vasto territorio de la región de la cordillera de los Andes, como lo llamaron los españoles (Andes viene de “Antis” del pukina). Los Incas llegaron luego hasta el norte del Perú y al Ecuador donde difundieron su cultura y adoptaron el idioma quechua como su idioma oficial.

Los Incas continuaron con las celebraciones principales de la fiesta del Inti Raymi en el Cusco, la capital oficial del imperio. La fiesta consistía en una gran concentración de los Kurakas y nobles provenientes de las distintas regiones del Tawantinsuyu. Estos saludaban al Emperador y le ofrecían joyas y regalos de sus regiones, mientras que éste les daba a cambio a cada uno yanaconas y niñas acllas en cantidades variables de acuerdo con las simpatías y servicios prestados durante el año.

Los yanaconas eran los cautivos de las guerras y expediciones que el ejército capturaba periódicamente en la periferie del imperio. Los prisioneros eran los soldados de los pueblos conquistados. Muchos de ellos eran pequeños campesinos y trabajadores utilizados luego como fuerza de trabajo para los kurakas y nobles beneficiados. Los prisioneros una vez capturados eran convertidos en yanaconas o esclavos según las leyes de los conquistadores. Los cautivos aceptaban su nueva condición social y se sometían a sus nuevos dueños. Los yanaconas trabajaban desde entonces en las casas y posesiones de los nobles como pequeños campesinos, mineros, metalurgistas del bronce, artesanos, ganaderos, pescadores, etc. El objetivo de su trabajo era engrandecer los bienes y la riqueza de sus dueños (temas desarrollados en mi libro Economía y sociedad del Imperio Inca, 2019, en Amazon).

En cuanto a las niñas acllas, estas se formaban y educaban durante 5 años en la especie de escuelas “acllahuasis” existentes en todos los ayllus del imperio. Las niñas eran regaladas posteriormente a la edad de 13 años por el Inca en cantidades que podían variar según la importancia y méritos de los nobles beneficiados. Algunos podían recibir 10, 20 o más niñas. En las casas de los nobles estas niñas tenían dos funciones, la de procrear hijos para sus dueños y trabajar y producir tejidos y artesanías que habían aprendido en las “acllahuasis”. Los hijos de estas niñas ya no eran reconocidos como miembros de la nobleza.

Cuando llegaron los españoles se derrumbó inmediatamente el gigantesco mecanismo de relojería económico, social, militar y religioso del Tawantinsuyu. Ya no habían más conquistas militares, no más yanaconas, no más niñas acllas y tampoco las grandes celebraciones del Inti Raymi. En adelante, con los años, el culto al dios Inti se transformó y se practicaba clandestinamente, en el seno de pequeños grupos familiares. Solo quedaron los cultos religiosos politeístas, la adoración a la luna, a los animales, a los cerros, a las lagunas y montañas.

Estas prácticas fueron luego prohibidas por los sacerdotes españoles que impusieron de manera autoritaria los rituales y creencias de la religión católica y prohibieron los cultos politeístas mediante el programa de la “extirpación de idolatrías”. Con esta finalidad quemaron miles de quipus porque descubrieron que por ese medio escrito (la escritura tiwanacota e inca, ver nuestra columna sobre este tema en Datápolis.bo) se transmitían los rituales y oraciones paganas.

Bernardo Corro Barrientos (PhD en Economía y Master en Antropología), es conferencista en temas de economía y antropología económica.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.