Imagen del autor
E

l ejercicio del poder es la razón de ser de la política. Es lo que la habilita. Sin poder efectivo, la política se vuelve enunciativa, en el mejor de los casos, y lírica, en el peor. Pierde sentido porque solo existe en el discurso, no en los hechos.

Y es en ese interregno —parafraseando a Antonio Gramsci— donde el poder dominante se vuelve vulnerable y comienzan a articularse propuestas alternativas que se alimentan precisamente de ese vacío: un espacio marcado por la ausencia, la dilapidación o el abandono del poder, ya sea por diseño o por indecisión.

Pese a ello —o al uso tardío, tímido e ineficiente del poder— el presidente Paz Pereira sostiene que encabeza un renacer político del país. Jaime Paz lamentaba a principios de mayo los dolores de parto de un país “nuevo”, donde las directrices políticas pasarían de un entorno corporativista a otro más individualista, cobijado bajo un Estado paternalista que el actual mandatario no pretende simplemente reformar, sino refundar institucionalmente.

Parte del discurso público y numerosos opinólogos han reforzado esta narrativa bajo la lógica de la destrucción creativa: de las ruinas que deje la conclusión de la “batalla de las batallas” —en el léxico presidencial— emergería ese nuevo Estado. Poco énfasis se ha puesto, sin embargo, en que esa visión determinista y ordenada de la historia no necesariamente avanza de manera lineal. Y es precisamente en esa tierra de nadie donde surgen los riesgos de un empantanamiento estructural y de la indefinición sobre cuál será la nueva fuerza dominante.

Como venimos advirtiendo, ni la estrategia ni la ejecución caracterizan a esta administración, y el trabajo de relojería que demandaría tejer una nueva hegemonía no se vislumbra. Menos evidencia existe aún de que la oposición extraparlamentaria que acosa al presidente pueda ser plenamente derrotada o neutralizada. Aunque esta imagen militar simplifica el conflicto y ayuda a articular el enfoque unidimensional del Ejecutivo, rara vez se materializa en la política real.

Y es aquí donde la perspectiva se torna altamente inestable. Como nadie logrará un control hegemónico —unos por no controlar el Estado y otros por su incapacidad de ejercer plenamente el poder desde él— Bolivia probablemente experimentará mayores niveles de inestabilidad política, alimentados por una crisis económica crónica que no encuentra solución en los manuales gradualistas y por un profundo escepticismo hacia sus instituciones.

Vislumbrando este escenario, el Ejecutivo ya comenzó a cooptar a los sectores que considera estratégicos mediante el transformismo: descabezando movimientos emergentes, absorbiendo líderes o asimilando demandas. Así ocurrió con los cooperativistas mineros y con los anuncios de inversión en El Alto —más propios de una agenda municipal— en un intento por neutralizar su potencial disruptivo. El sistema sobrevive, pero lo hace como un cuerpo recosido con fragmentos de sus opositores: una estructura sostenida por parches improvisados y sin vitalidad propia.

Y muy probablemente la falla no reside únicamente en el método, sino en la capacidad de ejecución. La cooptación efectiva requiere voluntad, estrategia y la construcción activa de un nuevo sentido común; no simplemente administrar la decadencia en lugar de liderar el cambio.

Esa falencia volvió a evidenciarse en la torpeza de colocar a Quiroga Ramírez y a Morales Ayma en el mismo plano a raíz del hallazgo en Chile de droga oculta en exportaciones de madera. El caso no solo expone que un cargamento de semejante volumen —supuestamente acopiado este mismo año— no haya sido detectado en Bolivia, sino también que las cifras difundidas resulten tan desmesuradas como poco verosímiles. Todo termina sonando más a una maniobra oportunista para exhibir el enorme poder económico del narcotráfico que asedia al Estado que a la revelación de un dato desconocido.

También sería un error garrafal que el presidente interprete el repliegue de las huelgas y bloqueos como una victoria de gestión, en lugar de entenderlo como lo que probablemente es: una victoria pírrica. Una tregua obtenida a un costo enorme, pagado por los ciudadanos de las ciudades asediadas por el descontrol del orden público y por la inacción de un gobierno que terminó trasladándoles la factura de la crisis.

En ese contexto, resultó revelador el canto a la irrelevancia del vocero presidencial José Luis Gálvez —presentado por Urgente.bo como un estudioso de la percepción ciudadana— cuando intentó justificar la pasividad del Ejecutivo asegurando que la crisis de seguridad nacional se manejaría “con discreción”. Confundir opacidad con estrategia e inacción con prudencia demuestra que al gobierno solo le queda administrar percepciones porque ya claudicó a ejercer su autoridad.

Hannah Arendt advertía que “si todo el mundo te miente, la consecuencia no será que creerás las mentiras, sino que nadie creerá en nada”. Bolivia comienza a entrar precisamente en esa fase: una construcción sistemática de incertidumbre basada en relatos contradictorios y en una creciente desconexión entre discurso y realidad. El resultado no es hegemonía, sino un vacío de credibilidad desde el poder.

José Luis Contreras Cabezas es economista experto en seguros, gestión empresarial, inversiones y estrategia.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.

Nota del editor: Por motivos de viaje, esta columna retomará su publicación a mediados de septiembre.