
dministrar una crisis no es gobernar: es habitar un cuento de Jorge Luis Borges. Un laberinto infinito de pasillos ministeriales sin Minotauro ni propósito, donde la mecánica de anuncios disfraza, en el fondo, una identidad política en construcción, aún sin dirección estratégica consistente.
El presidente llegó al poder sin una estructura partidaria consolidada ni una identidad política claramente definida. Fue percibido por muchos como una opción renovadora frente a la clase política tradicional. Su discurso directo, sin anclaje ideológico claro, su trayectoria como alcalde y senador, y el peso de su acompañante de formula le permitieron capitalizar los votos nulos y blancos de la primera vuelta para imponerse en la segunda.
Una vez en el cargo, el gobierno no ha logrado —ni parece priorizar— la construcción de alianzas partidarias sólidas que le permitan avanzar una agenda de mediano y largo plazo. A cinco meses de gestión, sus principales avances —como la eliminación parcial de la subvención a la gasolina y lo que Franklin Pareja denomina “cambio de eje” en política internacional— contrastan con demoras significativas en la presentación de leyes sectoriales fundamentales, como del Presupuesto General del Estado (PGE).
Ese mismo patrón de simulación se expresa con mayor crudeza en el frente económico. Entre los desafíos más urgentes está sincerar el tipo de cambio. Con reservas internacionales líquidas prácticamente inexistentes, el gobierno reproduce la lógica de su antecesor: sostenerlo con deuda trasladando el costo hacia adelante para contener precios y evitar tensiones políticas. La contradicción es evidente: operar en 2026 con un PGE de 2025.
Pero no es un rezago inocuo. En la práctica, todos ya convivimos —con cargo a nuestros bolsillos— con un tipo de cambio real que supera en más de 30% la cifra oficial. Ese Bs 6,96 por dólar no es una referencia: es una ficción costosa. Así lo evidenció la rendición de cuentas de YLB, según la Fundación Solón. La caja fiscal se beneficia de la entrega de dólares por parte de empresas “estratégicas” a ese tipo de cambio, mientras las privadas negocian divisas en la banca a valores cercanos al paralelo.
La distorsión no es abstracta; se traduce en decisiones concretas. Por una ventanilla, Bolivia firma acuerdos de cielos abiertos para atraer competencia; por la otra, BoA amplía su flota y lanza “tarifas web económicas”, como si el precio del combustible no se hubiera disparado. Más aviones, costos crecientes y precios más bajos no es eficiencia, es negación, justo cuando debería prepararse para competir con nuevas aerolíneas.
Cuando esa lógica alcanza el plano institucional, el resultado es más delicado. El diario El País de Tarija ha destapado un problema de fondo en Ferroviaria Oriental S.A. (FOSA). La empresa, que controla vías estratégicas hacia Argentina y Brasil, se encuentra en un limbo jurídico tras un fallo de la justicia chilena que expone irregularidades en el traspaso de sus acciones. No es un dato menor: un tercio de la red ferroviaria activa operan bajo incertidumbre legal, erosionando la seguridad jurídica y encareciendo la atracción de inversiones.
En ese contexto, la iniciativa que impulsa el propio Estado resume su confusión estratégica. Cynthia Aramayo —coordinadora general de la Unidad Técnica de Ferrocarriles— convocó a una “cumbre ferroviaria” para potenciar el sistema y definir su rumbo, con participación de expertos de la CAF y el BID.
Si no hay certeza sobre la propiedad de la infraestructura que sostiene el sistema, ¿sobre qué base se pretende delinear su futuro? Como en un jardín de senderos que se bifurcan, abundan las opciones y escasean las decisiones. La cumbre no resuelve el problema; lo expone.
La magnífica ironía es que el laberinto no es un accidente: es un método de poder que simula avanzar mientras evita decidir, que administra la crisis gobernando para postergar. En ese laberinto, encontrar al Minotauro deja de ser relevante: lo urgente es sostener la estabilidad inmediata, aun a costa de postergar reformas estructurales.
En 1985, el eslogan de campaña de Víctor Paz Estenssoro fue: “Bolivia necesita un líder”. La lección hoy es idéntica: la salida es de convicción. Gobernar es explicar mientras se decide. Si no se rompe con el laberinto —desmontando el aparato masista, sincerando la economía, —incluido el déficit fiscal—, y construyendo poder real—, esta gestión corre el riesgo de ser recordada más por administrar el deterioro que por revertirlo. En política, no decidir también es decidir. Y hoy, esa decisión tiene nombre: prolongar la crisis.
José Luis Contreras Cabezas es economista experto en seguros, gestión empresarial, inversiones y estrategia.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
