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E

l estudio de la naturaleza de la sociedad boliviana como consecuencia del proceso de Independencia de la administración virreinal española no es nuevo. Con frecuencia se atribuyen a la herencia española los males y defectos de nuestra sociedad. Ello explicaría la ausencia de cohesión nacional y la inviabilidad del Estado.

Una obra representativa de esa tesis es Pueblo enfermo. En ella, su autor, Alcides Arguedas, identifica las "enfermedades" de la sociedad boliviana como una herencia de la Colonia española. España sería, además, la responsable de la inviabilidad de Bolivia por no haber eliminado la raigambre indígena y por haber fomentado el mestizaje.

Una característica de este enfoque es su eurocentrismo, pues asume que "Europa termina en los Pirineos". Así, suele exhibirse como prueba irrefutable que los países de América Latina con mayor desarrollo son aquellos que recibieron una importante inmigración europea no exclusivamente hispana. Resulta, por ello, paradójico que la repulsa más acérrima hacia España provenga, muchas veces, de sus propios descendientes en tierras americanas.

¿A qué responde ese amargo cinismo? Reflexionar sobre ello resulta sugestivo, pues, en última instancia, nos conduce al problema de la naturaleza del poder político en Bolivia.

Es sabido que los "protomártires" y los "libertadores" de nuestros países se distinguieron por su resentimiento hacia la Madre Patria. Simón Bolívar, en la Carta de Jamaica (1815), acusa a España de imponer "la peor tiranía de la historia" y califica a la administración española como una expresión de "fiereza, ambición, venganza y codicia". Por su parte, la Proclama de la Junta Tuitiva de 1809, encabezada por Pedro Domingo Murillo, comenzaba con estas palabras:

"Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria; hemos visto con indiferencia, por más de tres siglos, sometida nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un usurpador injusto que, degradándonos de la especie humana, nos ha mirado como a esclavos; hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez que se nos atribuye por el inculto español, sufriendo con tranquilidad que el mérito de los americanos haya sido siempre un presagio de humillación y ruina..."

Un estudioso ajeno a la realidad americana podría atribuir estos textos a indígenas resentidos en pleno proceso de descolonización. Sin embargo, los héroes de la emancipación fueron, en su inmensa mayoría, criollos y, en menor medida, mestizos. En ellos predominaban tanto el recelo hacia el indígena como el resentimiento hacia la metrópoli. Así fueron moldeados nuestros países.

Es necesario, por tanto, abrir el debate sobre las verdaderas raíces de la Independencia. En ese contexto ha surgido una producción historiográfica reciente que resulta prometedora. El libro Charcas: de Castilla a Bolivia… de Roberto Laserna constituye un ejemplo emblemático de esta corriente.

Sin embargo, esta renovación historiográfica deberá cuidarse de no encerrarse en un revisionismo hispanista que termine agotando su potencial como herramienta conceptual para futuras transformaciones sociales en Bolivia.

Porque, si bien existen ficciones que el estudio histórico serio ha desmentido —como la idea de que los indígenas se sumaron con entusiasmo a la causa independentista, cuando en realidad había más indígenas en las tropas realistas que en las de los libertadores—, también existen abundantes evidencias de que la República reprodujo muchas de las taras heredadas del orden colonial. En ese sentido, no puede negarse la vigencia de la observación de Alcides Arguedas cuando atribuye el fracaso republicano a la persistencia de prácticas coloniales como el desprecio por el trabajo manual, la ausencia de ética cívica, la corrupción administrativa y el caudillismo.

Una de esas taras es —a mi juicio— la persistencia de un poder político sustentado más en un sistema de castas que en uno de clases. Un sistema de castas constituye una forma de estratificación social en la que la posición de cada individuo está determinada por su origen familiar.

Se trata de una organización que limita la movilidad social y concentra el poder político en determinados grupos.

Cuando algunos consideran natural que la legitimidad para ejercer el poder político descanse en el apellido —y, muchas veces, en el color de la piel que lo acompaña—, mientras otros son excluidos por no reunir esas condiciones, estamos ante un síntoma de males mucho más profundos y constitutivos de nuestra organización social.

No olvidemos que, históricamente, en otras latitudes la República surgió como la expresión política de nuevas clases sociales que desafiaron a una nobleza convertida en un obstáculo para el progreso histórico. Esta reflexión adquiere particular actualidad cuando comienza a estudiarse y debatirse el surgimiento, en los pueblos indígenas, de una nueva generación de qamiris e intelectuales.

Pedro Portugal Mollinedo es historiador y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.