
Te amo Bolivia” es una campaña estratégica lanzada por el Gobierno con el propósito de promover el orgullo y la valoración del país entre los propios bolivianos.
Es una buena iniciativa, pero no toma en cuenta un detalle importante: muchos bolivianos ya están enamorados de Bolivia debido a que, entre sus fortalezas, están manifestaciones culturales como las danzas folklóricas y las potencialidades gastronómicas.
Todavía existen personas que creen que las danzas y las fiestas que las aglutinan fomentan el consumo de bebidas alcohólicas y, por tanto, no aportan al país. Es gente que no sabe cuánto dinero movilizan esas festividades y cómo fortalecen el mercado interno.
El problema es que esta mecánica interna, que ya había comenzado a exportarse, se ha visto afectada por la actitud de aquellos peruanos que están apropiándose de esas manifestaciones culturales.
La razón de ello es precisamente económica: las poblaciones peruanas fronterizas con Bolivia vieron el movimiento económico generado por el Carnaval de Oruro, primero, y la fiesta del Gran Poder, después, y encontraron una forma de generar recursos, pero copiando elementos de la cultura boliviana.
Esto demuestra que la cultura también es economía y que el turismo no consiste simplemente en mostrar paisajes bonitos. Detrás de cada destino hay historia, identidad, gastronomía, música, danza, tradiciones y patrimonio. Y todo eso puede generar empleo, movimiento económico y divisas.
La propia Constitución lo reconoce: su artículo 337 establece que el turismo es una actividad económica estratégica y el 298 atribuye al nivel central la formulación de las políticas generales de turismo.
Por eso resulta paradójico que, mientras se lanza una campaña para que los bolivianos se enamoren de Bolivia, el Gobierno haya decidido prescindir del Ministerio de Turismo y plantee sustituirlo por una agencia, que no podrá equipararse a una cartera de Estado.
No se trata de defender ministerios por el simple hecho de existir. Bolivia necesita un Estado eficiente y austero, pero una cosa es reducir burocracia y otra muy diferente es reducir la importancia institucional de una actividad que la propia Constitución considera estratégica.
Una campaña publicitaria no puede resolver por sí sola los problemas del turismo. Para que el extranjero llegue, permanezca y vuelva se necesitan caminos, aeropuertos, conectividad, seguridad, hoteles, servicios sanitarios, información, promoción y destinos adecuadamente gestionados. Sobre todo, se necesita alguien que articule una política nacional.
Si otros países copian nuestras danzas, nuestras fiestas o nuestras tradiciones y consiguen convertirlas en productos turísticos, no basta con indignarnos en las redes sociales. Hay que investigar, documentar, registrar, promocionar y defender nuestro patrimonio. Amar Bolivia también significa impedir que otros cuenten como suyo aquello que forma parte de nuestra historia y eso es lo que no ha hecho ningún gobierno hasta ahora.
“Te amo Bolivia” puede ser una buena consigna, pero amar no basta. Hay que conocer Bolivia, protegerla, invertir en ella y saber venderla. Hay que convertir su diversidad cultural en una fortaleza económica sin convertirla en mercancía desprovista de identidad.
Y para eso no necesitamos necesariamente un ministerio. Necesitamos algo más importante: una política de Estado. Porque el problema no es que desaparezca un ministerio, sino que con él desaparezca la decisión de hacer del turismo aquello que la Constitución ya dijo que es: una actividad económica estratégica.
Amar Bolivia es fácil… lo difícil es defenderla.
Juan José Toro Montoya es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
