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Con nueva presidenta, Perú ha conmemorado, el martes, los 205 años de una declaración de independencia que, más de dos siglos después, continúa generando preguntas.

No porque el 28 de julio de 1821 no sea importante. Lo es. Ese día José de San Martín proclamó la independencia en Lima. Lo que ocurre es que una proclamación no equivale necesariamente a una independencia consumada.

Mientras la capital celebraba, el virrey José de la Serna conservaba el grueso del Ejército Real y trasladaba el gobierno virreinal al Cusco. La guerra continuó tres años más. El desenlace llegó recién con Bolívar, Junín y Ayacucho; y ni siquiera entonces terminó completamente, porque el Real Felipe resistió hasta enero de 1826.

La historia, por tanto, es más compleja que la efeméride.

Sin embargo, esa complejidad suele desaparecer cuando se construyen los relatos nacionales.

Paradójicamente, una parte del discurso histórico peruano exalta la proclamación de San Martín mientras minimiza el papel decisivo de Simón Bolívar y Antonio José de Sucre en la independencia efectiva del Perú. Más aún, no faltan quienes presentan a Bolívar como el responsable de haber “desmembrado” el Perú al permitir el nacimiento de Bolivia.

Esa afirmación supone una premisa que pocas veces se discute: que Bolivia fue, simplemente, una parte natural del Perú.

Pero… ¿lo fue?

Los documentos invitan, cuando menos, a debatir esa idea. La entidad política y administrativa del actual territorio boliviano era la Real Audiencia de Charcas. Desde 1776 dependía del Virreinato del Río de la Plata y solo volvió a la jurisdicción limeña durante la guerra, por una decisión excepcional del virrey José Fernando de Abascal que ni siquiera fue plenamente acatada.

Hay otro detalle llamativo: Al revisar bandos oficiales entre 1810 y 1815, la denominación predominante sigue siendo “Charcas”. El famoso bando de Abascal de 1810 habla expresamente de la Real Audiencia de Charcas. Solo en documentos posteriores, como un bando del 20 de febrero de 1813 aparece, recién, el apelativo “Alto Perú”. No es una discusión semántica. Los nombres también construyen relatos, y los relatos terminan moldeando la memoria colectiva.

Quizás por eso todavía hoy algunos sectores peruanos hablan de Bolivia como una prolongación histórica del Perú y, desde esa perspectiva, reclaman prioridad sobre muchas expresiones culturales… o se las roban. Esa pretensión se apoya, muchas veces, en una lectura simplona del pasado.

Pero la historia no reconoce paternidades tan sencillas.

Bolivia no nació porque el Perú decidiera desprenderse de una parte de sí mismo. Tampoco el Perú alcanzó su independencia exclusivamente por la proclamación de San Martín. Ambos países surgieron de una misma guerra continental, aunque recorrieron caminos institucionales distintos hasta constituirse como repúblicas soberanas.

Y cuando los documentos contradicen los símbolos, no corresponde acomodar los documentos al relato, sino revisar el relato a la luz de las fuentes. Ningún país puede reclamar la paternidad histórica de otro; los documentos son más antiguos, y contundentes, que los nacionalismos.

Juan José Toro Montoya es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.