
uando Odiseo llegó a la isla de Circe encontró a sus compañeros convertidos en cerdos. La hechicera los había reducido a la condición animal sin quitarles la conciencia. Seguían pensando como hombres, pero gruñían, caminaban en cuatro patas y eran incapaces de recuperar por sí mismos la forma humana.
Así lo cuenta Homero en el canto X de su segunda obra célebre.
Sin embargo, Christopher Nolan ha decidido alterar ese episodio en su reciente adaptación cinematográfica de La Odisea. Cuando Odiseo obliga a Circe a devolver a sus hombres su aspecto original, la hechicera pronuncia una frase que no figura en el poema épico. Después de romper el hechizo, les ordena: “Vuelvan a su disfraz”.
El sentido del relato cambia por completo.
En Homero, los hombres son transformados en cerdos. En Nolan, los hombres ya son cerdos; la apariencia humana no pasa de ser una máscara.Se trata de una licencia cinematográfica, de las muchas que Nolan se toma en esta cinta, pero también una inquietante metáfora de nuestro tiempo.
Basta observar la discusión que ha provocado la película antes incluso de su estreno. Hay quienes rechazan que Lupita Nyong'o interprete a Helena porque, sostienen, la mujer que provocó la guerra de Troya no podía ser afrodescendiente. Entre los argumentos citados aparecen un pasaje de La Ilíada y otro de La Odisea en los que Homero se refiere a Helena como “leukṓlenos”, un epíteto compuesto del griego antiguo que se traduce como “de blancos brazos”. Otros cuestionan la participación de un actor transgénero. Los unos responden acusando de racismo; los otros replican denunciando una agenda ideológica. En pocas horas, Homero desaparece y solo quedan las etiquetas.
Ya no vemos personas. Vemos colores de piel.
Ya no vemos actores. Vemos identidades.
Ya no vemos una obra de casi tres mil años de antigüedad. Vemos el campo de batalla de nuestras disputas contemporáneas.
Quizá por eso la frase de Nolan resulta tan perturbadora cuando Circe, a quien Homero le da condición de diosa, devuelve a los cerdos su apariencia de seres humanos: “Vuelvan a su disfraz”, como si bajo el barniz de la civilización siguiera ocultándose un animal dispuesto a embestir al primero que piense distinto.
Los griegos tenían otra forma de plantear el problema. La gran pregunta de La Odisea nunca fue el color de la piel de Helena ni la identidad de quien la representara. Homero jamás convirtió esos aspectos en el centro de su relato. Su preocupación era otra: cómo conservar la humanidad frente a la violencia, la soberbia, la codicia o la tentación de olvidar quiénes somos.
Dos mil ochocientos años después, seguimos discutiendo, pero parece que hemos cambiado las preguntas importantes por otras mucho más pequeñas. Reducimos a las personas a su raza, su sexo, su religión, su nacionalidad o su ideología. Les quitamos el nombre para ponerles una etiqueta. Después actuamos como si esa etiqueta agotara todo lo que son.
Tal vez Circe tenía razón.
No porque los hombres seamos cerdos por naturaleza, sino porque cada vez que dejamos de reconocer la humanidad del otro y solo vemos una categoría, comenzamos a comportarnos como tales.
Quizá el verdadero hechizo no sea el de la maga de La Odisea…
Quizá el hechizo sea nuestro.
Juan José Toro Montoya es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
