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Cómo interpretas la realidad que te rodea? La vista te ofrece imágenes; el oído los sonidos y la piel variadas gamas, desde temperaturas a texturas.

Pero esa es tu percepción. ¿Qué pasa con el resto de la humanidad?

Cuando actúas individualmente, tu percepción de la realidad es individual; pero eso cambia cuando actúas como parte de un conjunto de personas.

Para manejar eso, el ser humano creó, quizás involuntariamente, los métodos; es decir, las formas, maneras o caminos para llegar a algo, coronar un objetivo, que bien podría ser la interpretación de la realidad.

Pero esto no es un círculo. Interpretas la realidad según la perciben tus sentidos; pero, si lo haces como parte de un grupo social, tienes que buscar otras formas, otros métodos.

A lo largo de la historia, el ser humano fue encontrando métodos para interpretar la realidad. El científico, por ejemplo, es el conjunto de procedimientos sistemáticos para producir y comprobar conocimiento mientras que el histórico sirve para investigar, reconstruir e interpretar procesos del pasado. El método comparativo estudia los fenómenos para establecer semejanzas y diferencias y el dialéctico estudia las relaciones, contradicciones y transformaciones de los fenómenos.

El método dialéctico surgió en los procesos de transformación de la filosofía griega, especialmente con Sócrates y Platón, en los siglos V a IV a. C, pero fueron particularmente revitalizados entre los siglos XVIII y XIX, con las teorías filosóficas de Hegel, Marx y Engels.

Karl Marx utilizó a la dialéctica como un eficaz método de análisis que le permitió plantear una nueva manera de concebir la realidad: el materialismo, que lo conceptualizó señalando que la realidad era simplemente la materia o la realidad objetiva que existe independientemente de la conciencia.

Esta manera de interpretar la realidad no solo fue desarrollada por Marx, sino también por Engels, pero la conocemos como marxismo que, además de aplicar la dialéctica a la interpretación de la sociedad, también la aplica a su pasado; es decir, a su historia.

Se trata de un método eficaz, por cuanto permite encontrar respuestas a preguntas que no habían sido respondidas hasta el momento de aplicar el método marxista, pero hay un detalle: no es el único.

A lo largo de la historia, el ser humano concibió varios métodos para interpretar la realidad, como el histórico, comparativo, hermeneútico, fenomenológico, estructural, funcional, analítico, sintético, inductivo, deductivo, etcétera.

El problema es que, en el momento en que el método marxista irrumpió en varios países, los investigadores no solo lo aplicaron, sino que llegaron a creer que era el único válido para interpretar la realidad. A partir de ahí, el marxismo se convirtió en dogma; es decir, en un conjunto de verdades que deben ser aceptadas de antemano. Así es como llegó a nuestros días.

Hoy en día existe un elevado número de intelectuales que solo utilizan el marxismo para interpretar la realidad y no aceptan la verdad de Perogrullo de que existen otros métodos. Solo como ejemplo, yo escuché a un historiador muy competente criticar la manera de estudiar la historia por el simple hecho de no haber aplicado el método marxista. Él presentó eso no como un apunte, sino como una denuncia.

Esta manera de interpretar las cosas explica mucho de lo que pasa hoy en día en Hispanoamérica: la mayoría de los profesionales de las universidades públicas han sido formados con el método marxista, así que solo saben aplicar este para interpretar la realidad. No aceptan otra cosa.

Por eso es que escuchamos o leemos rótulos como “imperialista”, “capitalista”, “cipayo”, “burgués” o tantos otros.

Mientras ellos dan vueltas, aplicando el marxismo como método de interpretación de la realidad, las sociedades cambian y aparecen nuevos paradigmas, pero ellos están demasiado ocupados en sus elucubraciones como para notarlo. Se han enquistado en el marxismo y no van más allá… y nos arrastran con ellos.

Juan José Toro Montoya es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.