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a máquina de hacer dinero que es Hollywood ha reestrenado a fines de agosto la película Terminator 2: judgement day, conmemorando su 35 aniversario. Como saben los seguidores de la saga, la segunda parte de ese título significa “el día del juicio final”, una referencia directa a la fecha en la que una inteligencia artificial denominada Skynet “adquiere conciencia de sí misma” y provoca una guerra nuclear entre Rusia y Estados Unidos que casi extermina a la raza humana.

En el argumento de la cinta, el día del juicio final debía ser el 29 de agosto de 1997; es decir, hace ya 29 años. La fecha temida llegó y, como todas las predicciones apocalípticas, no pasó nada. Es cierto: hoy en día tenemos a la inteligencia artificial muy desarrollada, y ya se hacen pruebas con robots en diferentes partes del mundo, pero nada se compara a lo que se supone que pasa en el universo ficticio de Terminator o El exterminador.

Pero la línea argumental que me interesa para este artículo no está en la segunda, sino en la primera película, la que se estrenó en 1984 y nos cuenta la historia de un cyborg asesino que viaja desde el futuro para matar a Sarah Connor, futura madre del líder de la resistencia humana. Otro viajero temporal, Kyle Reese, también llega, pero para protegerla, y es él quien le cuenta que, en el futuro, las máquinas, manipuladas por Skynet, se rebelarán contra los seres humanos y provocarán la caída de la civilización.

Esta película termina con una Sarah Connor viajando por la frontera con México cuando un niño le toma una foto. Luego de vendérsela, el muchacho se aleja, pero, al ver nubes negras en el horizonte dice, en español, que “viene una tormenta”. Sarah dice que lo sabe, pero no está hablando del fenómeno atmosférico sino del futuro debacle de la humanidad.

Hoy, en Bolivia, está pasando algo parecido: viene una tormenta y nadie parece imaginarse su magnitud. El estado de excepción está a punto de terminar y la Asamblea Legislativa Plurinacional no ha llevado al plenario el análisis de los proyectos de ley antibloqueos.

Diversos sectores ya han anunciado protestas: Transportistas, campesinos, productores, gremiales, cooperativistas mineros y otros sectores han anunciado medidas contra el Gobierno, principalmente por el precio y la escasez de diésel, y algunos ya hablan de bloqueos.

En estos casos, los reclamos tienen asidero, puesto que las filas por combustible no han cesado y el Gobierno central no ha resuelto este problema que es uno más de los elementos de una crisis económica que amenaza con acentuarse.

Pero el núcleo del conflicto no estará en esos sectores, sino en el trópico de Cochabamba. Sin necesidad de desarrollar una inteligencia artificial genocida, como es Skynet en El exterminador, allí está Evo Morales con una hiperactividad que es difícil de creer en el caso de una persona que tiene hasta dos órdenes de aprehensión.

Durante el Estado de excepción, el “evismo” no ha bloqueado caminos, pero ha trabajado en su propósito de dotarse de personería jurídica para participar en las próximas elecciones y ahí está la clave del conflicto que se viene: Morales no va a esperar que Rodrigo Paz cumpla su periodo de cinco años, puesto que trabaja para acortarlo. Sin Estado de excepción, nada frenará la ola de protestas; es decir, la tormenta que se avecina.

¿Podrá soportar el país un nuevo panorama de bloqueos, como el que se vivía hasta antes del Estado de excepción? La Asamblea no ha tratado una ley antibloqueos que ni siquiera estaba en agenda en esta semana.

El calendario avanza y no hay señales de acciones para evitar, o por lo menos mitigar, la tormenta que se viene. Frente a esa inactividad, los exterminadores no solo están recargando sus armas y afilando sus guadañas, sino que se frotan las manos porque saben que, esta vez sí, está cerca el día del juicio final.

Juan José Toro Montoya es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.