
a renuncia de Claudia Cronenbold a la presidencia de YPFB, a solo 23 días de haber asumido el cargo, no es un caso aislado. Es la señal más reciente de un problema que el país arrastra hace décadas. Cambiaron 16 nombres en dos décadas (prácticamente un presidente por año), y el problema persiste. Y cada salida anticipada confirma aquello que muchos se resisten a admitir: la estatal petrolera no está en crisis coyuntural, está atrapada en un modelo agotado.
Cronembold no cayó por incapacidad política ni por falta de voluntad. Su propia carta describe un diagnóstico arrasador: una empresa más deteriorada de lo previsto, con prácticas agotadas y una “arquitectura perniciosa” que bloquea cualquier intento de reforma real. Es decir, no encontró una institución en dificultades, sino un sistema diseñado para no cambiar.
Ahí está el problema de fondo. YPFB no es hoy una empresa en crisis, es una estructura que perdió la capacidad de operar con lógica empresarial. Entonces, no es solo cómo se gestiona, es cómo está concebida. Se pretendió que YPFB controle toda la cadena: exploración, explotación, refinación, comercialización. En teoría, un modelo de soberanía energética. En la práctica, una sobrecarga institucional que terminó asfixiando su propia eficiencia que tal vez nunca dio la talla.
Actualmente la empresa no logra garantizar lo básico: abastecimiento regular de diésel y calidad aceptable de gasolina. Filas interminables, reclamos del transporte y desconfianza ciudadana son nuestra nueva normalidad. La renuncia de Cronenbold ocurre en ese contexto. Nadie puede reconstruir una empresa prácticamente quebrada, sin liquidez suficiente y con restricciones estructurales profundas, en tres semanas. Pretenderlo no sería ingenuo, sino irresponsable.
Aquí emerge una tensión clave que su carta deja entrever: la diferencia entre los tiempos técnicos y los tiempos políticos. La reingeniería que YPFB necesita —ya sea legal, administrativa u operativa— no se resuelve con decretos ni con cambios de rostro. Requiere años, y no solo semanas. Pero el poder exige resultados inmediatos. Y cuando estos no llegan, se reemplaza a la persona, no al sistema. Y así esto se repite una y otra vez.
Las reacciones políticas y sectoriales van en la misma línea. Transportistas, legisladores y analistas coinciden en algo poco frecuente en Bolivia, cambiar autoridades no resolverá la crisis. Sin embargo, las propuestas divergen. Algunos plantean reducir el rol de YPFB, otros hablan de combatir “mafias internas”, y otros de reformar la normativa, más allá de las diferencias, todos terminan señalando lo mismo: el modelo ya no funciona.
Insistir en nombres distrae de lo esencial. La pregunta debería ser qué tipo de empresa necesita Bolivia. ¿Una estatal omnipresente pero ineficiente? ¿O una entidad reconfigurada, con roles claros, reglas modernas y capacidad real de gestión?
La salida de Claudia Cronenbold, entonces, no es el problema. Es el espejo. Y esto refleja el agotamiento de un modelo que ya no da más.
Miroslava Fernández Guevara es periodista y politóloga.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
