
ualquier reflexión acerca de la estructura y organización del Estado boliviano debe partir de una premisa fundamental: la unidad nacional. No desde posturas regionalistas ni desde nacionalismos excluyentes, sino desde la búsqueda de ideas convergentes capaces de unir al pueblo diverso y apasionado.
Bolivia necesita ideas contemporáneas, democráticas y humanistas que respondan fielmente a las necesidades y demandas de toda su ciudadanía, independientemente de su origen, género, cultura o región. Hoy todo parece suspenso; no basta la tierra y los minerales, hacen falta cabeza, y sobre todo, dignidad. Se trata de fijar valores, algo por lo que pocos se preocupan.
La Oda Camba, escrita por Felipe Caballero, no es solamente un ferviente canto a la amistad ni un panegírico a la sinceridad con la que su autor procura impulsar una nueva corriente política, en la que primen el sentimiento nacional, la democracia y la autodeterminación. Su propuesta puede interpretarse como una anticipación de la idea de un Estado federal.
Pero en esta hora decisiva no ha de haber más que luz. Cualquier idea que pretenda estimular la separación, el enfrentamiento o la superioridad de unos bolivianos sobre otros no debe encontrar espacio. Las culturas diversas deben ser, precisamente, el fundamento sobre el cual se construya la unidad nacional. Vale la pena amar la tierra donde uno nació, sus costumbres, su música, su comida, sus tradiciones y a su gente no tiene nada de malo; es una forma legítima de reconocerse y de pertenecer. Un cruceño puede sentirse profundamente orgulloso de Santa Cruz; un pandino, de Pando; un paceño, de La Paz; un potosino, de Potosí. Ese sentimiento no debería ser visto como una amenaza para los demás.
El problema comienza cuando el amor por lo propio se transforma en desprecio por lo ajeno o en la convicción de que una cultura es superior a otra. No hay cultura superior sino diferente.
La diversidad, bien entendida, no nos empobrece: nos complementa. ¿Qué sería de la vida si todas las casas fueran iguales? ¿Qué ocurriría si en nuestras mesas existiera una sola comida, preparada siempre de la misma manera? La riqueza aparece precisamente cuando existen diferencias que pueden encontrarse, compartir y enriquecerse mutuamente.
Es maravilloso ser cruceño. Es maravilloso haber nacido en la tierra oriental, conocer sus paisajes, sus costumbres, su gastronomía y la calidez de su gente. Quien ha vivido lejos de su tierra sabe cuánto se la puede extrañar. Se extraña la familia, la comida, los lugares conocidos, las voces y hasta los pequeños detalles cotidianos que alguna vez parecieron insignificantes.
Pero esa experiencia no tiene por qué convertirse en una competencia entre regiones. La grandeza de Bolivia está precisamente en que sus pueblos no son idénticos.
Santa Cruz no tiene que dejar de ser Santa Cruz para ser boliviana. Pando no tiene que renunciar a su identidad amazónica. La Paz no necesita abandonar sus tradiciones y Potosí tampoco sus raíces. Cada región puede conservar aquello que la hace particular y, al mismo tiempo, formar parte de un proyecto nacional común.
Los fracasos de las formas de gobierno anteriores, la crisis económica, la disminución de la producción y las exportaciones, el incremento de los precios y la incertidumbre política han conducido a Bolivia a lo que aparentemente parece un callejón sin salida.
Son momentos que no admiten medias tintas. Hay que tomar el toro por los cuernos y plantear cambios profundos que busquen el bienestar de todos los bolivianos: reducir las desigualdades económicas y sociales, generar empleo, fortalecer la producción, combatir la inflación, mejorar los servicios públicos y recuperar la confianza en las instituciones, sin perder de vista aquello que debe permanecer por encima de cualquier disputa, la unidad y la identidad nacional.
En este contexto, el federalismo puede plantearse como una alternativa de organización territorial del Estado. Un Estado federal permitiría que los departamentos contaran con mayores competencias para administrar sus propios asuntos, mientras determinadas atribuciones permanecerían en manos del gobierno federal. El propósito no tendría que ser dividir a Bolivia, sino distribuir mejor el poder y acercar las decisiones públicas a los ciudadanos.
Un gobierno federal de Bolivia estaría constituido por todos sus departamentos, desde Santa Cruz de la Sierra hasta el departamento más pequeño. La organización federal debería contemplar una clara separación de poderes entre las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, con competencias definidas por la Constitución.
El Poder Legislativo podría estar conformado por dos cámaras: el Senado y la Cámara de Representantes. La representación en esta última podría guardar relación con la población de cada departamento, mientras que el Senado podría garantizar la representación territorial de las distintas unidades federadas. Los mecanismos de elección deberían establecerse constitucionalmente, procurando legitimidad democrática y equilibrio institucional.
El Poder Ejecutivo estaría encabezado por un presidente, quien ejercería simultáneamente la jefatura del Estado y del Gobierno, acompañado por un vicepresidente. El presidente tendría, entre otras responsabilidades, la obligación de garantizar el cumplimiento de las leyes y conducir la administración federal dentro de los límites establecidos por la Constitución.
El Poder Judicial tendría igualmente su fundamento constitucional y estaría integrado por una Corte Suprema Federal y por los Tribunales Federales que correspondieran en los distintos departamentos y distritos. La independencia judicial sería indispensable para garantizar el equilibrio entre los poderes públicos y la protección de los derechos ciudadanos.
El federalismo, sin embargo, no debería entenderse como una licencia para la fragmentación. Su sentido tendría que ser exactamente el contrario, permitir que las diferencias territoriales, culturales y económicas den lugar a que en cada territorio funcionen instituciones que resuelvan los problemas y miren los objetivos, observando la realidad de cerca, con la participación de sus propios habitantes, y que puedan convivir dentro de un mismo proyecto nacional.
La Oda Camba puede ser leída, entonces, no solamente como una exaltación de lo cruceño, sino como una invitación a pensar qué significa amar una identidad sin convertirla en una frontera. Porque ser orgulloso de la propia tierra no obliga a despreciar la tierra del otro.
Una Bolivia federal podría encontrar en esa diversidad una de sus mayores fortalezas: diferentes regiones, diferentes culturas, diferentes maneras de comprender la vida, pero un solo país.
Es tiempo de pensar en modelos de Estado que aseguren la unidad, la hermandad y el progreso de todos los bolivianos. Que estimulen la reflexión, la interacción social y la interculturalidad; que permitan desarrollar proyectos económicos, financieros, sociales, culturales y políticos capaces de convertir a Bolivia en la nación próspera y sostenible que puede llegar a ser gracias a sus inmensos recursos.
De este reto saldrá airosa Bolivia, con una nueva luz: La Federación.
Juan Burgos Barrero es periodista investigador.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
