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Que repiquen las campanas del amor y la paz por las madres bolivianas este 27 de mayo, día consagrado a las madres en honor a la heroína del cerro de Cochabamba!

El amor de madre se eleva sobre las ideologías. Crece bajo el manto negro del terror que cubre a la ciudadanía boliviana en vísperas del Día de la Madre, el 27 de mayo. El panorama boliviano vislumbra peligros para los hijos, mientras los nobles corazones de las madres ya lloran por ellos.

La madre boliviana, que siento real, apasionada y virtuosa, ha vivido siempre entre condiciones precarias y momentos de riqueza, de guerra o de paz, de luz o de sombras. Es la madre que se lleva dentro, la reina de la creación, la que en sus brazos nos duerme, la bañada de luz, la que se desvela por nosotros. Es el duende que nos invade cuerpo y alma, que nos acompaña día y noche. Es la madre fresca, calmada y clara, protegida por las nupcias de la tierra y el cielo. La madre que te promete amor con sus nobles ojos y te envuelve y mima, porque es un gran honor haber venido de esa mujer al mundo.

La que invade mi mente no es de cartón ni de papel. No es dibujada ni pintada, ni imaginada o sofisticada. Esa madre no es teórica ni de libros, ni de poemas ni de cuentos de hadas. No es de canciones ni de borracheras, ni de riquezas ni de lujos. Es la madre del hogar que siempre tiene un ojo puesto en ti, aunque no esté a tu lado, incluso cuando tú vuelas. Es la diva, visualizada u oculta, en harapos o enchapada en oro, en chancletas o en tacones, la que nos colma de regalos o nos suelta un beso a cada rato.

Es ella a quien toco y abrazo, no la que pintan en las novelas o en las películas. Es la que elegí en un bello sueño, donde podía escoger una nueva madre entre tantas de todo tipo. Pero, al final, desperté lleno de alegría, porque ¿saben una cosa? Había elegido a la misma madre que tenía: bajita, trigueña, bonita, pobre y humilde, pero pura.

No es perfecta, ni inteligente, ni intelectual, ni culta. Quizá esté llena de defectos, pero también de flores, sueños, bondades y amor. Está llena de nobleza, de miradas tranquilas y profundas, de lágrimas y alegrías, de sencillez y de rutinas limpias y sinceras. Pareciera dormir un sueño dulce y profundo provocado por el amor de su hijo.

La madre que desgarra mi corazón es la madre de la emigración: la madre que se queda sola o que siente que no volverá a ver a su hijo. Es la madre que ha enfrentado la cruel ruptura familiar, ennegrecida por el mar, el aire o las vicisitudes de las selvas. ¡Qué triste es navegar sin rumbo seguro, sabiendo que la madre ha quedado detrás! ¡Qué doloroso es ver partir a un hijo hacia los cerros, sin saber si volverá!

La madre que amo es la que se convierte en mi propio ser, la que se inmortaliza y queda grabada en mi mente y en mi corazón. Es la madre humilde, sencilla y silenciosa que nunca se aparta de mi lado, la que sueña para sus hijos un futuro mejor que el suyo: una profesión, un oficio digno o una vida más feliz, porque es la verdadera imagen del amor eterno.

Juan Burgos Barrero es periodista investigador.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.