
e ocupo de la moda, de utilizar el prefijo narco para bautizar o denominar aquello que se supone, o se sabe, de estar relacionado, con el universo de actividades y empresas dedicadas a la producción, elaboración, comercialización, exportación (tráfico) de sustancias psicotrópicas-capaces de alterar la conciencia de quienes las consumen-; la unión de las dos ha gestado esa criatura que, con horror o repugnancia, y gran éxito se llama narcotráfico.
La expresión funciona más como adjetivo calificativo que, como lo que se supone que sea, es decir un sustantivo. Ese uso y condición, la de una palabra que se emplea con carga fundamentalmente moral, como ha ocurrido con términos políticos, como fascista, comunista, socialista, populista, o neoliberal, como ejemplos destacados, son conceptos de inclinación manifiesta, que entraña una toma de posición, normalmente negativa, ante lo que se llama o describe con tales palabras.
De esta manera, la administración del señor Donald Trump, impulsa con ahínco el empleo de dos términos: narcoterrorismo y narcoestado, como vehículo para materializar su última criatura conceptual que es la llamada, con gran narcisismo, doctrina Donroe de la Seguridad Nacional de Estados Unidos, es decir la estrategia de ese país para recuperar el dominio y el control de América Latina.
El narcoterrorismo, como parte del componente de guerra psicológica y cultural de la doctrina, busca descalificar moralmente, automática e inmediatamente, a cualquier forma de desacuerdo con sus fines, metiendo y confundiendo en una sola bolsa a las acciones armadas de empresas criminales destinadas a aterrorizar, amedrentar y neutralizar a población civil, con cualquier forma de resistencia, política, ideológica, cultural contra el hegemonismo y subordinación impuestos a nuestros países mediante la ofensiva de reconquista que lleva adelante el gobierno de D. Trump.
El instrumento central de la estrategia estadounidense es el denominado Escudo de las Américas. Ese es el artefacto político, diplomático y militar cuya creación se anticipó con el uso de naves de guerra, aviones caza y drones desde los que se dispararon misiles para hundir “narcolanchas”. Ocurrió en el mar Caribe, con un saldo de más de cien personas ejecutadas hasta ahora; sin juicio, acusación o defensa, simplemente borrados por una acusación, no acompañada de evidencias, pruebas o siquiera indicios: nada más que la palabra de un gobierno, cuyo máximo exponente se ha hecho famoso por disparar mentiras con ritmo de ametralladora.
En marzo D. Trump acompañado de presidentes o representantes de varios países latinoamericanos presentó el Escudo, esencialmente como algún tipo de acuerdo “contra el crimen organizado” y, en especial, antinarcóticos. Sería una iniciativa contra “narcoterroristas”, y, desde luego, contra “narcoestados”.
Ni los Estados Unidos, patrocinador del uso de esos términos, define ni lingüísticamente y menos legalmente su significado y alcance. Pero, con un entusiasmo de niño y alumno aplicado, el gobierno boliviano, bajo directa conducción del presidente, ha empezado a emplearlos a diario, aplicándolos a diversas situaciones que tienden a extenderse hacia protestas y manifestaciones de inconformidad social.
Algunos periodistas también empiezan a engrosar la corriente que adopta el narcolenguaje, sin análisis, contextualización, ni crítica, al principio como simple cita de las afirmaciones de voceros políticos, pero, también, con una prisa manifiesta. de hacerlo suyo, participando de la moda y la supuesta novedad que supondría naturalizar los neologismos del mundo narco.
Habría que recordar como el MAS consiguió en apenas unos pocos días que los medios de difusión masiva emplearan los términos de postulación y repostulación, que el masismo empleó para ocultar y hacer olvidar la palabra justa y precisa reeleción (indefinida), que los masistas no querían usar, porque las encuestas les habían demostrado que ese término tenía mala recepción en el público nacional, debido a experiencias históricas previas.
Es imprescindible que los comunicadores, sea en medios masivos de difusión, en redes digitales, o cualquier otro espacio, estemos conscientes que el uso del narcolenguaje no es gratuito, porque entraña una forma de adhesión y legitimación a una visión geopolítica, a una intención violenta y belicista que viene fracasando desde hace décadas, como muestra la experiencia de la ya vieja guerra de drogas.
La narcoguerra impulsada desde Nixon (War on Drugs), por Reagan y demás presidentes de EEUU, no ha hecho retroceder el avance sostenido del tráfico de sustancias ilegales. que solo cambia periódicamente de sustancia preferida, mientras el centro de consumo y de concentración de ganancias tiene como sede estable principal al país que se viste como profesor universal de ética y moral. Predicadores morales, como el actual presidente estadounidense, no ha tenido ningún escrúpulo en perdonar, indultar y hasta pedir disculpas a delincuentes, condenados por la justicia estadounidense, por tráfico y protección del tráfico de cocaína, como el expresidente hondureño Orlando Hernández.
Róger Cortez Hurtado es docente investigador.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
