
arios economistas previenen que el precio del dólar continuará escalando si la modificación de las reglas de cambio dispuesta en junio no se complementa con otras decisiones, propias de las recetas de ajuste estructural clásico.
Ninguna de las medidas recomendadas se concentra en aliviar el nuevo golpe que han recibido los ingresos de las familias con el renovado impulso inflacionario, ya que parece existir un consenso entre especialistas y académicos de que nada puede hacerse al respecto, además de que las víctimas se resignen. Algunos además dan a entender, cuando no lo dicen frontalmente, que no los tenemos bien merecido, o que el sufrimiento popular sería un requisito más para superar la crisis.
Con la misma posición de los expertos, varios grupos empresariales están presionando por nuevas y explícitas medidas que despejen completamente cualquier obstáculo al alza de precios, con la justificación de que la variación entre los Bs 6.96 a la oficializada escala móvil del dólar, los “obliga”, “a su pesar”, a actualizar sus precios.
Ese desgarrador lamento olvida que, desde el año pasado, cuando la unidad de la moneda dólar llegó a cotizarse en el mercado paralelo a razón de Bs 20, el jueves 15 de mayo, muchos precios ya se calculaban a ese nivel. Ahora que la cotización ronda la mitad de ese tope especulativo ¿puede alguien enseñarnos un precio, en especial de artículos importados, que se hubiese reducido en esa proporción durante los últimos catorce meses?
Silencio total.
Si se examinan casos como el de materiales de construcción el alza ha sido continua y prácticamente no registra retrocesos. En otro, muy sensible socialmente, como el de los medicamentos, ocurre lo mismo, pese a que formalmente continúa vigente una política de regulación que no ha impedido que inclusive los básicos, como antibióticos o antiinflamatorios, igual que los empleados en enfermedades de base muy difundidas, hayan duplicado sus niveles en el curso del último año.
Nos han repetido sin descanso, desde el ajuste estructural de 1985, que este comportamiento responde a las expectativas de los consumidores que amplía e intensifica la dinámica de la oferta y demanda. También sabemos, por lo menos desde la gran crisis financiera mundial de 2008, cuan frágiles y acomodaticias son estas justificaciones teóricas.
Precisamente en el campo del comercio de medicamentos, manejado mundialmente por estrictos criterios de maximización de ganancias y en ningún caso de consideraciones de salud pública, la explosión del Covid-19 nos abrió la posibilidad de conocer más realistamente como se maneja este negocio, por la voz de uno de sus mayores representantes, Albert Bourla, máximo ejecutivo de la segunda firma mundial en el ramo, Pfizer.
En un reportaje del periodista español Manuel Ansede, sobre la vacuna para el Covid se recuerda que Bourla, en su libro Elegimos ir a la luna, explica el “peculiar sistema (de precios de sus productos), no tiene nada que ver ni con el auténtico coste de fabricación ni con la inversión previa en investigación científica. “En Pfizer ponemos un precio a nuestros medicamentos calculando el valor que aportan a los pacientes, al sistema sanitario y a la sociedad”. Con esa lógica reconoce que cada dosis de sus vacunas pudo haberse vendido hasta en 600 dólares.
Las justificaciones de los importadores y comercializadores bolivianos de medicamentos dicen basarse en los costes de producción (básicamente la importación y colaterales) pero, en los hechos, obedecen a la lógica Pfizer.
Es de esa manera que Bolivia, el país más económicamente rezagado de Sudamérica, inclusive en los tiempos de bonanza, tiene precios relativos de medicamentos más altos que sus vecinos, si se toma en cuenta el valor adquisitivo de los ingresos, la proporción de empleos formales, el producto interno del país.
Las teorías sobre precios, “modelos económicos”, recomendaciones de nuevas medidas de liberalización no se detienen en estos detalles, ni menos en las consecuencias de las nuevas alzas de precios en este y otros productos de alto consumo. Y, desde luego, sus ejercicios ignoran que en muchos casos los precios instalados a los niveles de cambio más altos y especulativos se han mantenido imperturbables y desafiantes.
Medidas posibles para enfrentarlos, como ampliar la importación de países con mejores ofertas como Brasil, reducir o liberar cargas impositivas a productos clave igual que otras, están excluidas de los manuales dogmáticos y arcaicos de razonamiento de especialistas, comerciantes y presuntos reguladores.
Róger Cortez Hurtado es docente investigador.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
